martes, 27 de abril de 2010

Muerte anunciada

A casi dos décadas de la muerte de Pablo Escobar Gaviria, en su tiempo el narcotráfico más famoso y poderoso del mundo, Colombia sigue siendo el principal productor de cocaína del mundo y el narcotráfico continúa teniendo una enorme fuerza en este país. Con esta reflexión termina el documental Pecados de mi padre, basado principalmente en la narración y experiencia del hijo del capo, Juan Pablo, ahora conocido como Sebastián Marroquín. Éste narra su inicial infancia en medio de lujos extremos; su posterior adolescencia interrumpida por huidas y la muerte de su padre; y finalmente su vida adulta en exilio y anonimato, todo por portar el ADN de el traficante de cocaína más célebre de la historia.

Pecados de mi padre narra el dolor y sufrimiento de algunas de las muchísimas personas, incluida su familia, afectadas por los actos del famoso capo. Junto con las terribles hazañas de este personaje, también se narran y reconocen el par de bondades que contribuyeron en convertir a este personaje en un enigma y una leyenda. Más allá de su familia, muchos lloraron su muerte, aquellos que lo llamaban el Robin Hood colombiano o el Patrón, sin importarles su reconocida mala fama ganada con la imposición de sus leyes como aquella de “plata o plomo”. El cariño y admiración de este personaje proviene principalmente de las clases marginadas de Colombia, ya que desde joven, aunque parezca difícil de creer, Escobar tenía cierta sensibilidad social que lo llevó, ya acumulada su fortuna, a construir escuelas, hospitales, centros deportivos y recreativos e inclusive desarrollar un proyecto urbano de vivienda para un grupo de colombianos que vivían en un basurero municipal. ¿Lo hacía para ganarse el apoyo del pueblo?, ¿para obtener lealtad y seguridad en sus negocios?, ¿por altruismo? Talvez sus grandes héroes: Pancho Villa, el Che Guevara y Al Capone, nos podrían ayudar a adivinar sus motivos.

En los años 80s, el poder y la fortuna que había logrado amasar Escobar era inmensurable. Habiendo empezado desde joven su carrera de ladronzuelo, encontró una mina de oro con el negocio de la cocaína que se había convertido en una moda universal. En ese entonces era por todos visto como un empresario respetado, entraba y salía sin problemas de Estados Unidos, hospedándose en los más lujosos hoteles de Miami y haciendo sus negocios sin traba alguna. Parodiaba su riqueza ante los ojos de todos y fue entonces cuando teniéndolo todo le surgió una ambición más: la política. Se sabía más poderoso que el Estado colombiano pero quizá necesitaba solidificar ese poder. Pero al ser desenmascarado y expulsado de la política, la guerra comenzó. La venganza fue implacable. Sin embargo, después de asesinar a dos grandes oponentes y líderes políticos, bombardear un avión con un vuelo comercial, un edificio público y el domicilio de un periódico, matando así a muchísimos civiles, finalmente cedió encarcelarse, pero bajo sus propias condiciones en una prisión diseñada por él: La Catedral, con guardias de seguridad elegidos por él y un poco más de las comodidades necesarias.

Desde La Catedral, como él la llamaba, continuaron sus negocios ilícitos pero el límite fue cruzado cuando asesinó a dos socios dentro de la cárcel, haciendo quedar a las autoridades colombianas en total y completo ridículo. En este punto se planteó la posibilidad de transferirlo a una prisión real y empezaron las charlas acerca de legalizar la extradición. Como era de esperarse a tal anuncio, Escobar escapó inmediatamente, convirtiéndose en el delincuente más buscado y al cual el gobierno de Colombia había ya declarado oficialmente la guerra. Escobar pagó fortunas con tal de impedir que pasara la ley de extradición, y lo logró, de igual manera respondió sin misericordia alguna a cada ataque recibido.

Es aquí donde el paralelismo entre México y Colombia se vislumbra más claramente. Si bien, dicha comparación se ha hecho por más de diez años, dada la fuerza creciente en el sector económico, social y armamentista del narcotráfico y por la corrupción política y policial, es con el gobierno de Felipe Calderón que se aplicó, como en aquel entonces en Colombia, una guerra indiscriminada, desesperada y basada en la violación de los derechos humanos no sólo de delincuentes sino de la sociedad civil en general. Y aunque capos de la talla de Escobar hayan sido eliminados, el narcotráfico continua entero y a salvo.

Así mismo, comenzamos a experimentar (afortunadamente en menor escala por el momento) con iniciativas como el Plan Mérida, la injerencia estadounidense como hace diez años con el Plan Colombia, experimentó este país, aun cuando fue Estados Unidos quien comenzó desde el gobierno de Roosevelt la siembra de opio en Sinaloa, siguiéndole la marihuana y convirtiendo a este estado en la central de paso de la cocaína que llegaba desde Colombia con destino al norte de la frontera del Río Bravo, donde se encuentra el mercado de estupefacientes más grande del mundo, así como el armamento para mantenerlo vivo.

El documental Pecados de mi padre, se presenta, desafortunadamente sólo en Guadalajara y el Distrito Federal, en un momento muy oportuno para el análisis de los mexicanos. Como se entona en la canción popular de Los Tigres del Norte, la muerte del zar de la cocaína y líder del Cartel de Medellín, fue anunciada y predecible desde el momento en que tocó la cima, dicho es el destino de cualquiera de estos personajes, más que el logro del gobierno o el rival que los captura. Tal es el destino final de muchos mexicanos actualmente convertidos en sicarios en gran parte por no encontrar una mejor alternativa. Por tanto, es vital repensar los problemas estructurales de este país, por que sin vivienda, sin alimento, sin educación y sin futuro no puede sorprendernos el camino que muchos jóvenes están tomando, y con ello, la muerte anunciada de nuestro país.

lunes, 19 de abril de 2010

Los barrios bravos

“Ahora que lo miro desde aquí, somos los mismos que hemos sido siempre, nacemos, morimos y volvemos a nacer, nos vamos para repetirnos en los que se quedan, y somos los mismos…Siempre.” Mario López, tepiteño

Recuerdo cuando se establecieron los mercados en esta zona de Tepito y la Lagunilla como por mil novecientos…a principios. Eran parecidos a los de hoy, sobre todo si los veías por encimita desde alguna azotea, puros techos de madera y de lámina amontonados y cubriendo puestos de verduras, carnes, nieves, semillas...bueno ahora son lonas amontonadas pero cubren lo mismo. Me acuerdo que nosotros como chavales éramos los únicos que pasábamos por los recovecos, entre los puestos y las piernas de la gente, porque era un gentío; no se podía pasar por ningún lado.

Mi abuelo me contaba que La Lagunilla estaba sobre una pequeña laguna que existió antes de que llegaran los españoles, y que por eso se llamaba así y que junto con Tepito, barrios indios los dos, fueron convertidos en los primeros arrabales de la ciudad. Algún maestro también me contó que Tepito significaba en náhuatl “el ombligo del mundo”, otro decía que “pequeño templo o capilla”. Quién sabe cual sea cierta, yo me quedo con la de “el ombligo del mundo” pero se cuentan muchas historias de estos rumbos, entonces, vaya uste a saber. También he escuchado decir que México es el Tepito del mundo, y yo creo que si es cierto por que ser tepiteño para mí significa ser bien mexicano.

Creo que este barrio es fuerte, es bravo, es resistente. Resistente a la miseria desde que vinieron los españoles y desde entonces estamos en medio de una ciudad de palacios. Nos destacamos porque somos producto de la crisis; aquí la gente la hace de todo: cocinero, comerciante, taxista…hasta licenciado. Estos barrios son roperos de los pobres y ¡criaderos de campeones! De aquí han salido muchos grandes, todo el mundo lo sabe. Nos enorgullecemos de nuestros boxeadores, luchadores como todos los que vivimos aquí. Cómo olvidar al Ratón Macias, al Temo y a el Santo, excelentes deportistas.

A claro que aquí somos gandayas también, así nos criamos. Pero pues así son las cosas. Si nosotros nos vamos a las zonas ricachonas de la ciudad en pleno día, nomas a pasear, pos nos ven feo, como para abajo y hasta nos corren. Y pues si esa gente viene aquí y se apendeja pues si le pueden dar bajín o de menos lanzar algún albur o peladez. Pero pues tampoco es para tanto, no es que nos guste tener mala fama porque si no pues se nos va la clientela y la chamba…pos nomas hay que tener cuidado y no llamar mucho la atención.

¿Droga? ¿Alcohol adulterado? ¿Que si se vende aquí? Aquí se vende de todo lo que el cliente quiera o necesite, pues si para eso estamos. Por eso la piratería, pues claro que es un delito pero pues muchos de los que compran aquí no tienen pa’ comprarse una película más que de diez pesos o unos pantalones de cien y una camiseta de treinta. Aquí se vende a ese precio para el mexicano promedio. Y si no pagamos impuestos es porque no sentimos que el gobierno nos de mucho a cambio, nosotros nos rascamos con nuestras propias uñas y no le respondemos a nadie. La verdad es que hemos establecido tradiciones y comercios muy bonitos, como el mercado de muebles y el de antigüedades de la Lagunilla. Por ahí se pasean hasta políticos y artistas.

Y pues sí, también hay gente peligrosa por aquí y con negocios malos, todos sabemos quiénes son, cómo se llaman y hasta donde viven; las autoridades también los conocen y a veces hasta los protegen. Es gente poderosa; Tepito es un barrio poderoso porque se mantiene unido, no nos conviene separarnos, con decirle que hasta tenemos negocios directos con China, logramos lo que ni el gobierno ni los empresarios formales pueden. Si usted va al metro va a ver puro Chinito vendiendo pero también nosotros tenemos de nuestra gente vendiendo allá al otro lado del mundo, ¿apoco a usted no le da orgullo?

Y pues a quien no le enorgullezca pues ni modo, de cualquier manera así es. Somos un producto de México, somos parte de México, somos México, le guste a quien le guste. Y no nos vamos a ir a ningún lado, aunque a muchos les gustaría desaparecernos, no nos vamos. A ver, nomas que intenten pa’ ver de a cómo nos toca.

Talvez hubo un tiempo en el que todos hubiéramos querido salir del barrio a estudiar, a “superarnos”…pero esta cabrón. Aquí estamos muy bien, somos comerciantes, y de los mejores, ya encontramos como vivir bien sin ayuda de nadie, para qué buscarle por otro lado. ¿Cuál es nuestra opción? Irnos a morir a la frontera o ganar tres pesos limpiando baños ajenos, ¡no señor!, yo aquí me quedo, por eso aquí me quedé toda la vida. Le puedo asegurar que ni graduados nos va tan bien, cuanto profesionista desempleado.

Puede ser que si hubiera tenido hijos pensaría diferente, pero de ningún modo dejaría de tenerle lealtad a este lugar. Aquí están mis amigos, esta es mi identidad. Talvez con una hija le hubiera pensado dos veces, si que este no es lugar para una damita. Pero de todos modos la traería de vez en cuando, como a la fiesta de la Santa Muerte en Noviembre y nuestra fiesta patronal del barrio en Diciembre. Le contaría del León disecado en la Lagunilla que si uno le tocaba la melena este le daba fuerza a uno para lo que fuera, hasta que tuvieron que raparlo por que la gente le arrancaba disimuladamente el cabello…Uno no puede darle la espalda a este lugar, ni por todo el dinero del mundo, por que por estos rumbos se vende todo, menos la dignidad.

lunes, 5 de abril de 2010

Kilómetro 107

Aproximadamente en el kilómetro 107 de la carretera México-Querétaro con dirección a la capital alrededor de las diez y media de la noche y con tres carriles a su disposición, cientos de mexicanos se vieron repentinamente atascados en su trayecto hacia cualquiera que fuera su destino. Probablemente, la mayoría comenzaron a lamentarse por ser la clase de mexicanos que lo dejan todo para el final; aquellos que salen a la última hora posible de su lugar vacacional para regresar a su hogar y con ello a su rutina y a su automatismo habitual. Y es cierto, como cualquier domingo dictador de algún fin vacacional, las carreteras estaban más llenas que de costumbre (lo que hacía que los federales de caminos se dejaran ver en cada esquina como buitres rapaces esperando cazar muchas presas que les dejaran un buen dinerito extra; no precisamente estaban presentes para el cuidado y auxilio de los automovilistas). Sin embargo, el abultado número de chóferes procrastinadores que buscaban entrar todos juntos y al mismo tiempo a la Ciudad de México y zona conurbada no fueron, aunque cueste trabajo creerlo, los más irresponsables personajes de esta historia.

Son muchos los estereotipos, estigmas o generalizaciones, con distintos niveles de veracidad, y con sus gracias a Dios muy honrosas excepciones, los que se tienen acerca de los mexicanos tanto fuera como dentro de nuestro país. Que si somos gandayas ¿o será habilidosos?, que si somos envidiosos ¿o será suspicaces?, que si somos irresponsables ¿o será bohemios?, etc. Muchas de estas particularidades de la personalidad mexicana se vieron vivamente reflejadas en este atolladero ocurrido en el último día de nuestra semana santa. Si algún Ángel Verde, ambulancia o patrulla, por ejemplo, se encaminaba con velocidad envidiable a la del promedio que era de cinco kilómetros por hora, por los acotamientos de la carretera, entonces siempre había un primer avispado y varios borregos que seguían a estos servidores públicos. Este hecho en condiciones normales podría parecer irrespetuoso de la ley y por tanto inaceptable, sin embargo, para cualquier persona que vislumbraba recorrer veinte kilómetros en tres horas en lugar de diez minutos, este acto se mostraba como increíblemente astuto.

No obstante, se presentaron en el acto también personajes extraordinariamente recelosos. Los camioneros, por dar un ejemplo, que muchos dicen tienen su lugar reservado en el infierno (con perdón de las siempre honrosas excepciones), al ver a pequeños coches avanzando a cincuenta en lugar de diez kilómetros por hora, y darse cuenta que ellos no podían, por su tamaño, hacer lo mismo, decidieron cerrar el paso por el acotamiento y ocupar carril y medio como diciendo “si no paso yo, no pasa nadie”, sin vislumbrar que la creación improvisada de un cuarto carril podría agilizar el tránsito también para ellos. Pero quién puede ponerse al tú por tú con un imponente doble-remolque que empuja a quien maneja un volkswagen a salirse de la carretera.

Casi dos horas y quince kilómetros después, los resignados automovilistas y sus familiares o amistades se habían acostumbrado a que su velocidad máxima fuera de veinte kilómetros por hora con múltiples intermitencias que los frenaban a estar prácticamente estacionados. Las caras de frustración eran evidentes en la gran mayoría de los casos, varios coches atiborrados con más de su capacidad de personas y equipaje no encerraban ni media palabra de convivencia. Varados todos, tenían la oportunidad de cambiarse de lugar en el auto, hablar larga y tendidamente por teléfono, ponerse en casos muy particulares a ver una película en su equipado vehículo, o tratar de animarse bailando o cantando efusivamente al ritmo de sus canciones favoritas (aun cuando todos los CDs del mundo no serían suficientes para la larga espera). Algunos de estos aficionados de la música llegaron a ser tan efusivos mientras cantaban canciones rancheras que pudo presentirse estaban equipados con un par de cervezas. Claro que estos casos eran una minoría muy optimista y alegre, sentimientos que se verían remplazados por un enojo inmenso al ver qué fue lo que los mantuvo parados por tanto tiempo.

Para los que creyeron que las cosas no podían empeorar, la decepción sería terriblemente amarga; los señalamientos anunciaban que habría una reducción a dos carriles en los próximos kilómetros. A las maravillosas autoridades de tránsito se les ocurrió que el último día de vacaciones para la gran mayoría de los mexicanos sería un momento ideal para reparar ese fragmento de la carretera (o al menos cerrarlo) y causar un cuello de botella que se convertiría en una espantosa pesadilla para muchos. ¿A alguien puede ocurrírsele mayor estupidez?

Llegó el kilómetro ochentaytantos y el flujo carretero empezó a normalizarse. Seguía habiendo mucha gente, y al estilo chilango los chóferes desesperados cambiaban de carril cada tres segundos para intentar recuperar el tiempo perdido. Tanto rebasar no podía ser seguro, pero ahora sí que se atreviera algún policía a parar a un automovilista enfurecido a ver con que discurso encolerizado lo mandaba al diablo. Ya muy entrada la madrugada esperemos la mayoría haya llegado con bien a su destino.

Al final de cuentas es verdad que somos muchos y cada vez más difícil sostenernos en un mismo lugar como es el Distrito Federal y zonas aledañas. Es verdad también que muchas veces los mexicanos actuamos de una manera irresponsable y egoísta que como ciudadanos tendríamos que repensar si queremos un mejor funcionamiento de nuestro entorno. Sin embargo, es la intransigencia e ineptitud de nuestras autoridades la que tristemente no deja de asombrarnos cuando a través de muchísimos años no ha intentado siquiera reformarse y superarse en lo más elemental.

lunes, 29 de marzo de 2010

Se necesitan “muchos huevos”

Son 18 millones de litros de gasolina y 4.5 de diesel los que se utilizan diariamente en la Ciudad de México cuando muchos capitalinos tienen que cruzar la ciudad de un extremo a otro en medio de un tráfico lento y colosal; 3.5 millones de vehículos entre automóviles, autobuses, camiones, camionetas y motocicletas se amontonan en vialidades saturadas y muchas veces insuficientes. El metro y muchos otros transportes públicos se usan ampliamente, hasta el punto del rebosamiento en horas pico, sin embargo, la superficie de esta urbe con todas sus venas se ve permanentemente atiborrada. Ante este panorama, la posibilidad de llegar a un destino en el menor tiempo posible se convierte en una lucha personal de cada automovilista; las buenas costumbres y los buenos modales se olvidan en casa para enfrentar con ferocidad la tarea que se les avecina día con día. Las mentadas de madre, los claxonazos ininterrumpidos, los cruces de la muerte, los rebases gandayas, los microbuseros abusivos, los automovilistas daltónicos que en todo amarillo ven verde y en todo rojo amarillo, constituyen algunas de las muchas razones por las cuales se necesitan “muchos huevos” para manejar y por ende vivir en la Ciudad de México.



Aparte del crecimiento expansivo en términos demográficos de esta ciudad en las últimas décadas, el Distrito Federal presenta muchos otros patrones urbanísticos altamente dañinos. Por un lado existen personas que han elegido alejarse en términos de vivienda del centro de la ciudad. Algunos podrían decir que esto se debe al patrón suburbano presentado en los años sesentas en Estados Unidos en busca de un lugar más tranquilo y saludable para vivir. Pero en el caso de México sabemos bien que los que deciden son pocos y muchos más los que se encuentran arrinconados en ciertas situaciones. En México, las periferias han sido general e históricamente cinturones de pobreza o sitios donde a la clase baja y media baja se les permite vivir; y si no forzosamente en la periferia, al menos sí suficientemente alejados de las zonas pudientes de la ciudad. Es bien sabido que no cualquiera puede vivir en Santa Fe o en Polanco o en la Condesa, sin embargo, mucha gente de bajos recursos trabaja en este tipo de zonas. Dicha estratificación es una de las más grandes causas por la cual la ciudad ha tenido que dispersarse, resultando esto en más viajes, más tráfico y más contaminación.

Otra gran problemática de la ciudad, siguiendo nuevamente el mal ejemplo de los gringos, es el número de autos particulares en esta entidad. En términos de predominio de transporte, los automóviles privados constituyen casi el 72 por ciento de los vehículos de esta capital. Sería necesario hacer conciencia del perjuicio que esta conducta causa al medio ambiente y a la salud tanto física como mental de los habitantes de la capital y su zona conurbada. El transporte público es una gran e importante respuesta y solución a dicho problema que los ciudadanos debemos contemplar como opción preferible a pasar horas estresantes en el tráfico. La infraestructura de transporte colectivo en el DF es importante y debe ser reconocida como tal, sin embargo, darse abasto en esta ciudad resulta cada vez más claramente imposible.

En la Ciudad de México se desarrolla casi un tercio de la actividad económica del país, y considerando a la zona metropolitana en su conjunto, en el Distrito Federal se asienta cerca del veinte por ciento de la población nacional. Dicha realidad resulta en un metabolismo diario de la ciudad, no sustentable. A esto debe aunarse que nos encontramos en un espacio nada propicio para este exceso ya que estamos rodeados al Sur y al Oeste por una alta cadena montañosa que actúa como barrera natural que impide la libre circulación de viento para dispersar contaminantes. Esto, junto con otros considerables factores, resulta en un ambiente muy poco saludable y sustentable.

Para la viabilidad social de esta ciudad resulta imperante un replanteamiento a fondo de su operación y funcionamiento. Se debe forzosamente reducir su ritmo de crecimiento de una manera importante con el desarrollo alternativo de otras ciudades y regiones del país. Se debe también, redensificar a las delegaciones centrales de una manera integra, con distintos estratos sociales y económicos y diferentes actividades en una misma zona; la mezcla de uso de suelo es un factor trascendental en términos de salud urbana, reducción de desplazamientos y contaminación atmosférica. Conviene del mismo modo, hacer uso eficiente de las infraestructuras ya creadas, en lugar de extendernos en términos de construcción. Existen muchos aspectos en los cuales nuestras autoridades capitalinas pueden continuar mejorando la infraestructura vial y de transporte como corredores estratégicos de transporte público, distribuidores viales, segundos pisos, ciclopistas, evaluación de nuevas tecnologías, implementar regulaciones adecuadas, etc., pero ellos no son los únicos responsables de nuestro caos.

La educación vial de cada ciudadano es también esencial para mejorar nuestra relación y convivencia. El respeto al peatón, el derecho de paso, el respeto a las regulaciones viales, la conciencia ambiental, etc., son costumbres que deberían estar arraigadas en cada ciudadano de esta urbe tan progresista y vanguardista. Reconociendo su magnitud e imponencia, la Ciudad de México no debería ser vista como una en la cual se necesitan “muchos huevos” para transitar por ella. Este conflicto, junto con muchos otros, debe ser aminorado con el propósito de poder disfrutar al máximo una ciudad tan magnífica como ésta.

lunes, 22 de febrero de 2010

¡Pronto México se liberará!

Al igual que nuestro compañero, Julio Hernández, columnista de la Jornada, me gustaría comenzar esta reflexión con la frase final del discurso que emitió Evo Morales en el jardín Hidalgo del Distrito Federal ayer domingo 21 de febrero: “Mucha fuerza hermanas y hermanos, ¡pronto México se liberará!” Al terminar con esta frase su discurso, la multitud se emocionó en un aplauso colectivo. La emoción y el aplauso no se prolongaron demasiado, talvez por que la mayoría de la gente llevaba horas parada en el sol, o quizá por que la incredulidad nos ganó. Es cierto que nos llenó de esperanza por unos segundos, como si un profeta nos prometiera el deseo más anhelado, pero la realidad regresó, golpeándonos como tantas veces, haciéndonos dudar en nuestro presente oscuro si el cambio y con él la liberación en realidad es posible.

Dadas las dos y media de la tarde la fila era enorme para entrar al jardín cercado del centro de Coyoacán, aun cuando el evento estaba previsto para las tres y media y todos sabíamos empezaría al menos una hora después. Una vez adentro, la plaza se sentía llena de vida, aun cuando los vendedores ambulantes tuvieron esta vez que quedarse afuera, salvo el par que llevaba su mercancía bien escondida en la mochila. Había música y cantos; rituales y una especie de altar; banderas ondeantes de Bolivia, México y la hermosamente colorida de los pueblos indígenas; jóvenes, en su mayoría alternativos vestidos muchos con prendas indígenas; estudiantes con su característico ¡Goya!; intelectuales; extranjeros; familias enteras; encachuchados con gorras del PT; una viejita bailando formidablemente ya fuera al ritmo del canciones indígenas o del jarabe tapatío…un niño pequeño que vendía calcomanías y gritaba: “¡Fuera Calderón!”

Al llegar Evo, la antelación crecía ya que eran varios los que habían planeado hablar antes que él. El primero, Raúl Flores García, Jefe Delegacional de Coyoacán, fue terriblemente abucheado, pero los ánimos se calmaron al escuchar a la Senadora Rosario Ibarra de Piedra y a los distintos representantes de los pueblos indígenas; así hablaran en distintos dialectos y sin entenderles, la audición oía con atención y respeto. Estuvo aquel indígena que recordó y nos recordó a Zapata con su característico bigote y vestimenta al entregarle el “bastón de mando” a Evo. Finalmente, antes que Evo Morales, habló el embajador de Bolivia en México, Jorge Mansilla Torres, reconociendo que los pueblos indígenas tienen su lugar gracias a las reformas impulsadas por el sí legítimo Presidente de Bolivia.

Evo comenzó saludando y reconociendo a aquellos movimientos sociales “que luchan - que sueñan por otro mundo, por otra vida que acompañe la igualdad y dignidad de todos los pueblos de América Latina”. Se mostró también sorprendido por la gran concentración que lo acompañó; las porras por Evo no paraban cuando dijo que aprovechando la reunión del día siguiente en Cancún venía para saludar y expresar “un profundo cariño y respeto por los revolucionarios de México”. El resto de su discurso se basó básicamente en responder a la pregunta de una de las oradoras anteriores: ¿qué podemos hacer para hacernos respetar como pueblos indígenas? A lo que él respondió con su experiencia en Bolivia; empezando con una lucha social, concientizando, movilizando y unificando para pasar de la resistencia civil a la toma del poder. Tomó años de organización, dijo, “nos enfrentamos a adversidades como cuando los conservadores, los neoliberales…los vendepatrias nos dijeron que no teníamos derecho a hacer política y al cuestionarlos nos acusaron de comunistas, de subversivos, de terroristas, de narcotraficantes…en el 2002 me llamaron el Bin Laden andino”.

Sin embargo, Evo recordó que la tarea se convirtió en recuperar lo que hicieron sus antepasados, defender las tierras y el territorio, los recursos naturales, los derechos de los pueblos indígenas y defender los servicios básicos, que afirmó, no pueden ser negocio privado. Con esta propuesta se pasó de la lucha social a la electoral en un frente común en donde el movimiento indígena se unió con partidos de izquierda, después con obreros y los intelectuales y profesionistas fueron los últimos en creer en el movimiento y proyecto político para la liberación de los pueblos de Bolivia. Él mismo, admitió, fue escéptico en un principio; “cómo puedo ser presidente yo, cómo un acusado de indígena, indio, narcotraficante, terrorista, comunista, subversivo, puede ser presidente…a veces cuesta trabajo creer lo que avanzamos y llegar donde llegamos…pero cuando hay gran compromiso con el pueblo, cuando hay gran sentimiento por la patria, cuando luchamos por la igualdad, por la dignidad y por nuestra soberanía, es posible”.

Y tan fue posible que Evo Morales nos recordó cómo se ratificó con el 64 por ciento de los votos como Presidente de Bolivia. Parte de su lucha inicial se enfocó en la recuperación de los recursos naturales, y sin ningún miedo naturalizó los hidrocarburos para el pueblo boliviano. Recordó así, el déficit fiscal que prevalecía en Bolivia desde hace décadas y que en el 2006 se convirtió en superávit gracias a la recuperación de los hidrocarburos. Bolivia, dijo, ha dejado de ser un país indigno que mendiga luchando permanentemente contra el intervensionismo del imperialismo. Afirmó, que si queremos el desarrollo de nuestros pueblos, una democracia legítima y no pactada, dignidad y soberanía, sólo la lograremos sin el imperialismo y capitalismo norteamericano; sólo así habrá paz y justicia social. Necesitamos, continuó, una nueva OEA sin Estados Unidos si queremos la liberación de nuestros pueblos y que mejor que la tierra de Benito Juárez, de Emiliano Zapata, con la fuerza de todos los pueblos del campo y la ciudad, las fuerzas obreras, intelectuales, profesionistas, para plantearnos la liberación de Latino América. Depende de las fuerzas sociales y de saberlas escuchar, de gobernar subordinado al pueblo como dijo el subcomandante Marcos, de recoger sus propuestas y saber debatir, el pueblo es muy sabio.

Hablo hacia el final de su discurso acerca de la importancia de nuestra responsabilidad global no sólo regional y de la necesidad de añadir en la lista de la lucha por los derechos humanos, políticos, económicos…la lucha por salvar al planeta tierra, recuperando nuestros recursos naturales. Reprobó el intento de privatizar un recurso tan elemental para la vida como el agua, instruido, dijo, por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Así, afirmó que sin el FMI y el BM, sin sus condicionamientos y sin su gendarmería estamos y estaremos mejor al igual que sin embajador de Estados Unidos ya que su presencia no es decisiva de los intereses y el bienestar de Bolivia. Antes de despedirse no dejó de reconocer a la Cuba de Fidel Castro, la Venezuela de Hugo Chávez y el Brasil de Lula. Se retiró del podium agradeciendo la fuerza brindada por la presencia de la gente y la devolvió como dijimos al principio con la frase de “Mucha fuerza hermanas y hermanos, ¡pronto México se liberará!”

No queda mucho que decir después de reflexionar sobre este discurso, mas resta mucho por actuar. Se encuentran similitudes entre Bolivia y México, al igual que diferencias; varios rubros en los que se le podría imitar transformando e innovando sus esquemas. Se comprende que no necesitamos cosechar esperanzas de sueños prometidos sino acciones concretas y unión en la búsqueda de un bien común. La unión de nuestras izquierdas y nuestras fuerzas; la intelectual, la universitaria, la del pueblo, la indígena, la sindical, la obrera, la minera, la campesina…No podemos esperar nuestra liberación, tenemos que encausarla.

Estado Inconstitucional - Segunda y última parte

En el escrito anterior concluimos con el artículo quinto constitucional, revisando la extinción de LyFC por todos conocida. El jueves 4 de Febrero se dieron por concluidas también las relaciones de trabajo entre Mexicana de Cananea y los más de mil agremiados del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, poniendo así en juego el respeto a los derechos laborales una vez más.

Referente a dicho tema, el derecho laboral no es el único que se viola, como en tantos otros casos, se empieza a quebrantar el derecho a manifestarse dictado por el artículo sexto constitucional y de asociarse por el noveno al no impedir o hasta fomentar actos de violencia contra manifestantes. Dicho es el caso en el resto del país, llamase intimidación hacia integrantes de organizaciones civiles y defensores de derechos humanos en Ciudad Juárez o universitarios y ex trabajadores de Luz y Fuerza del Centro en el Distrito Federal, al igual que en otros muchos casos y sitios del territorio nacional.

Esta amenaza no se limita a defensores de derechos humanos como Josefina Reyes, muerta en Ciudad Juárez el pasado enero, sino se extiende para quebrantar la libertad de escrito y publicación establecida por el artículo séptimo de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, violando así total y completamente la libertad de expresión. Como muestra tenemos las múltiples muertes de periodistas en México. Del 2000 a la fecha ha habido 59 muertes (al menos diez de éstas en el 2009) y ocho desapariciones de periodistas. En este año ya se han tenido victimas: el periodista asesinado José Luis Romero en Sinaloa y Valentín Valdés en Saltillo.

Por tanto, ya sea periodistas, defensores de derechos humanos o cualquier tipo de persona civil, los mexicanos estamos en riesgo de intimidación y violencia. Al contrario de lo dictado en el artículo dieciséis constitucional, ha habido recientemente múltiples casos de aprehensión sin fundamento legal ni mandato oficial. Al igual que se viola el artículo diecinueve cuando las detenciones sobrepasan 72 horas y se recurre al maltrato y al abuso. Tal es el caso de las detenciones arbitrarias y desapariciones forzadas convertidas casi siempre en tortura y homicidios extrajudiciales de presuntos sospechosos por el ejército. Estos abusos se convierten en una violación a los derechos humanos y los delitos quedan impunes, las autoridades se lavan las manos y se declaran inocentes aun cuando existan pruebas de lo contrario ya que los culpables son juzgados por tribunales militares cerrados a brindar información. Las garantías de los presuntos inculpados se detallan en el artículo veinte constitucional y leyéndolo podremos darnos cuenta de cuantas de ellas se quebrantan con gente en muchos casos inocente. Otro ejemplo reciente y bien sabido acerca de la violación de este tema referente al artículo veintidós que prohíbe la mutilación e infamia es el de la manipulación del cuerpo de El jefe de jefes a manos de los marinos, al permitir la toma (o tomar ellos mismos) de fotografías del cadáver semidesnudo con joyas y billetes encima. En este caso, un criminal, sí, más aun así no se excusa tal comportamiento ante ninguna persona difunta.

En un breve pero no total giro de tema, la Constitución también dicta en el artículo veinticinco que corresponde al Estado el desarrollo nacional, garantizar que éste sea integral, que fortalezca la Soberanía Nacional y su democracia permitiendo el pleno ejercicio de la libertad, dignidad y seguridad, al igual que el fomento del crecimiento económico mediante empleo y una justa distribución del ingreso y la riqueza. Bueno, por dónde empezar, si no hay una sola condición que se cumpla de esta fracción de la Constitución. En cuanto a la libertad, dignidad y seguridad que corresponde al Estado proteger, ya discutimos más de un caso en el cual esto no se cumple ni someramente. Y en cuanto al crecimiento económico se refiere, ya todos sabemos que el “Presidente del Empleo” ha sido todo menos eso. Durante el último trimestre del 2009, la tasa de desempleo fue la más alta desde el 2005 y de la Población Económicamente Activa, más del 28 por ciento trabaja en el sector informal y casi el nueve por ciento es población subocupada, sin olvidar que más del 62 por ciento de la población ocupada trabaja en el sector terciario o de servicios. Veamos las tasas de desempleo en la última década: 2000 (2.33% en el cuarto trimestre), 2001 (2.81%), 2002 (2.69%), 2003 (3.56%), 2004 (3.74%), 2005 (3.13%), 2006 (3.60%), 2007 (3.54%), 2008 (4.19%), 2009 (5.33%). ¡Bravo por la alternancia!, y en cuanto a inequidad se refiere sabemos que en México se lucha por la medalla de oro. No nos engañemos, el actual y mediocre desempeño no se debe a la crisis que enfrentamos a nivel mundial, ya que nuestro país ha estado también en los primeros lugares si se califica el mal manejo de la crisis.

Para terminar con las Garantías Individuales y el capítulo primero de nuestra Constitución tendríamos forzosamente que revisar el artículo 27, mismo que el último mandato presidencial ha intentado quebrantar con distintos niveles de triunfo en lo que va de su sexenio. El primer ejemplo podrían ser las modificaciones privatizadoras que incluyó Felipe Calderón en su propuesta de la reforma petrolera en el 2008, aun cuando la Constitución dicta que “corresponde a la Nación el dominio directo de todos los recursos naturales de la plataforma continental y los zócalos submarinos de las islas; de todos los minerales o sustancias…”. Afortunadamente, desde las calles y los movimientos sociales se pudo frenar en gran medida este plan engañoso, acto sin precedente histórico. Sin embargo, Calderón abrió en el 2009 a la iniciativa privada ductos, distribución y venta de petróleo y ésta no ha sido la única violación a este artículo. Las concesiones mineras son otro ejemplo de la falta de protección de los intereses de los mexicanos de parte de las autoridades que no evitan excesos, ilegalidades e irregularidades. Como en tantos otros rubros, México se ha convertido en un paraíso fiscal para los consorcios mineros, más aparte, la explotación minera deja a su paso daños ecológicos importantes como deforestación, contaminación empobrecimiento y perjuicio a la salud de los que habitan dichos lugares, sin que los ingresos obtenidos beneficien en ningún modo directo a la nación. Estos son, quizá, dos de los ejemplos más considerables pero hay muchísimos más en la lista.

Es desconsolador ver como las garantías más esenciales merecidas por todos los mexicanos se quebrantan todos los días y en prácticamente todos los sentidos. Qué más se necesita para demostrar la profunda falla de nuestro estado y su inconstitucionalidad. Partiendo de que la soberanía nacional reside esencial y originalmente en el pueblo y que todo poder público dimana de éste y para su beneficio, el pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno, palabras textuales del artículo 39 de nuestra Constitución. Más aparte, el artículo 84 nos dice que en caso de falta absoluta del Presidente de la República, el Congreso expedirá un presidente interino. Claro está que no hay mucho que esperar de nuestros servidores públicos en general, sin embargo, queda bastante claro que Felipe Calderón (ilegítimo desde un principio) ha cometido faltas mayúsculas durante su mandato, convirtiendo al país en un estado inconstitucional, y por tanto, su renuncia debiera ser inapelable.

lunes, 15 de febrero de 2010

México en el metro

La gran mayoría de los habitantes de la Ciudad de México y área conurbada han utilizado en algún momento de su vida el Metro, aun cuando sea sólo para el ocasional paseo dominical, por que su coche no circula o porque se averió. Son dos millones de usuarios diarios los que transitan por sus túneles topándose unos con otros, corriendo apresuradamente mientras bajan las escaleras para alcanzar el tren que se aproxima y peleándose por cualquier asiento disponible. Aquellos que contribuyen para despoblar las avenidas retacadas del D.F. y utilizar un medio de transporte más benigno para los capitalinos y su medio ambiente.

En común, la mayoría de estas personas tienen la constante lucha por sobrevivir el día a día; el cansado horario fuera de sus casas de cinco de la mañana a diez de la noche; el tener que hacer dos o tres cambios de metro más aparte tener que tomar dos o tres microbuses, rutas o peseros; el ganar salario mínimo; el dormir menos de cinco horas diarias…

Sin embargo, impacta cuando alguna señora, con la mirada cansada, el cabello despeinado y la frente brillosa de trabajar todo el día puede regalarte una sonrisa. Tantas son las sorpresas con las que te topas en el metro. Como cuando una joven universitaria entra al vagón y recita un poema de Jaime Sabines; o cuando nos encontramos a un viejito tocando un violín al cual solo le quedan dos cuerdas, desentonado, con tennis y sombrero, la figura nos llena de una gran ternura; o al escuchar una canción que nos gusta proveniente del estereo de un comerciante que la interrumpirá con gritos de venta.

Muchas son también las interrupciones del metro, algunas molestan, casi todas entristecen, aunque con el tiempo pareciera que uno se va acostumbrando a ellas y comienzan a pasar desapercibidas. Podemos pretender leer, hundirnos en nuestro libro o periódico o conectar los audífonos del ipod a nuestros oídos y desconectarnos de nuestro alrededor. Sin embargo, todos recordamos aquellas primeras veces que un niño de diez años o una mamá con el bebe en la espalda nos repartió un volante rosa pidiendo ayuda para salir de su pobreza; o al niño de quince años que debería estar en la escuela y en lugar de eso nos vende discos musicales; o al invidente que pasa cantando y rebotando su bastón con el posillo en el que dos o tres le depositan monedas; o al señor que no puede caminar y se arrastra por el piso pidiendo dinero.

Es difícil mirar ante la realidad que se nos presenta. Es más fácil talvez vernos agobiados por las horas pico en las que nos apretujamos en los vagones del metro como sardinas enlatadas, o cuando hay que esperar más de dos trenes para tomar el nuestro, o cuando el metro se detiene por veinte, treinta o cuarenta minutos, o cuando levitamos levantados por la multitud que nos saca de nuestro vagón sin mover un dedo. Todos estos eventos nos afectan directa y personalmente, talvez los disculpamos por el hecho de que somos llevados de un extremo a otro de la ciudad por sólo tres pesos. No obstante, los eventos que intentamos borrar de nuestra memoria y cegarnos frente a ellos son quizá los que más nos duelen y los que dañan inmensamente nuestro colectivo. Son un reflejo de nuestras carencias como sociedad.

Todo transporte público nos obliga a enfrentarnos con la realidad, pero no hay ninguno que lo haga de manera tan tajante como el metro. La desigualdad que inunda nuestro país se refleja claramente en él cuando nos damos cuenta de los dos o tres ejecutivos trajeados o el par de juniors que lo ocupan un par de veces al año frente a los millones de mexicanos que lo sufren día tras día. Y no por que sea una mala forma de transporte, sino por que los mexicanos hemos decidido aceptar desigualdades hirientes y al mismo tiempo rechazar lo que resulta de ellas.