lunes, 4 de julio de 2011

Quiero vivir afuera

Pocos mexicanos vivimos realmente en condiciones idóneas y saludables. Si nos preguntaran habría cientos de cosas que nos gustaría cambiar del lugar o las circunstancias en las que vivimos. Quizá tenemos ideas claras de cómo algunas situaciones podrían presentarse de manera diferente y mejor, y por otro lado hay también varios factores negativos que ignoramos de las condiciones en las que vivimos. Cuántos en la Ciudad de México y área conurbada no vivimos en lugares que nos gustaría fueran más apacibles y silenciosos, quizá menos transitados por automóviles, sin por ello sacrificar cercanía a centros de entretenimiento o servicios. Cuántos más espacios públicos serían necesarios también para alcanzar una buena calidad de vida, no sólo para los capitalinos, sino para el resto de los mexicanos. Y cuantos espacios públicos existentes realmente cumplen su cometido de proveer de espacios confortables y atractivos para usar y disfrutar.

Un académico y urbanista realizó un estudio de tres calles (o cuadras) de San Francisco, California, las tres muy similares en tamaño y composición. La diferencia más notable residía en sus flujos vehiculares, desde una con flujo muy ligero, hasta otra con tráfico pesado. Obviamente este hecho a su vez producía una notable diferencia en términos de contaminación, ruido, inseguridad, etcétera. La calidad de vida se notaba claramente disminuida por un centenar de razones en la calle con tránsito vehicular abundante. Pero la diferencia se hacía aparente también en cuestiones que uno no se imaginaría de primera intención. La gente que vive en una calle con tránsito pesado tiende a no conocer a sus vecinos ni formar relaciones cercanas con la gente que le rodea. Por el contrario, la gente que vive en calles con poco flujo vehicular suelen estar perfectamente familiarizados, no solamente con sus vecinos, sino también con sus alrededores; saben perfectamente las tiendas o establecimientos que existen en su calle, y por ende apropian toda la cuadra sintiéndola parte de su hogar.

Puede parecer un análisis simple a primera vista, pero las implicaciones de sus resultados son importantes. Debiera ser evidente que el lugar en donde vives te debe brindar confianza y lo ideal sería que te entusiasmara el recorrerlo, conocerlo y disfrutarlo, más allá de las cuatro paredes a las que llamas hogar. Lo ideal sería que tus hijos tuvieran un espacio para salir a jugar sin sentirse inseguros a causa de algunos locos que se encuentran detrás del volante, y tener esto no tendría por qué significar el tenerse que mudar a suburbios alejados de la ciudad y todos sus placeres y servicios. En este punto también cabe analizar el rol importantísimo que juegan los espacios públicos para que la infancia y juventud de futuras generaciones no tenga que centrarse en centros comerciales o de consumo. Claro que aparte de en general ser insuficiente, la historia de nuestro espacio público no siempre ha sido memorable y el esfuerzo por diseñar espacios aptos para la comunidad muchas veces ha sido inexistente.

Por un lado, debería siempre diseñarse y planearse espacios tomando en cuenta la experiencia y opinión de la gente que los va a ocupar; no cabe duda que los conocimientos de profesionales sólo pueden verse fortalecidos por las vivencias de la ciudadanía. En segunda instancia debe venir la preocupación por la creación de lugares estéticos en ojos de diseñadores que muy probablemente tengan distintos gustos y estándares que los del resto de la población. En primera instancia debe venir el confort y la implementación de elementos que inviten a ser usados, llámense asientos, áreas verdes, etcétera. La comunidad debe sentirse dueña y parte de sus espacios públicos y encontrar en ellos varios usos, así como actividades que atraigan a otros pobladores y vitalicen el área. Para esto debe buscarse una extensa lluvia de ideas de distintas mentes y lugares (i.e. amas de casa, niños, adultos, instituciones educativas y culturales, comerciantes…). También debe observarse lo que ha funcionado y fallado en otros espacios públicos, tanto cercanos como más allá de nuestras fronteras. Y sin necesidad de proyectos muy costosos, o que tengan una estricta fecha de inicio y final, quizá a los espacios públicos debe vérseles como sitios que deben estar en constante evolución y cambio; lugares en donde se hagan aditamentos paulatinos y a largo plazo dependiendo de las necesidades que se vayan generando o del mantenimiento que siempre se irá requiriendo (lo cual tampoco deberá significar lugares mal hechos o mal planeados).

En general, nos damos cuenta una vez más que debemos adecuarnos al hecho que mientras más nos alejemos de una sociedad auto-céntrica, viviremos en ciudades más saludables y placenteras. Los centros urbanos exitosos y progresistas con viabilidad a futuro, en todos los sentidos (económico, social, ambiental, etcétera), serán aquellos que encuentren la manera para que los peatones (los seres humanos) nos sintamos más cómodos. Deberán, para lograrlo, crear nodos de interacción social, económica y laboral expedita y eficiente, al mismo tiempo que limpia y equitativa. Imagínense que tanto más positivo sería que la mayor parte de nuestras vidas no se desarrollaran en el interior de una caja de cemento, llámese casa, oficina o centro comercial, y mucho menos en una caja de metal llamada coche, sino por el contrario, en el exterior, encontrando afuera esparcimiento, cultura, conexiones sociales, etcétera.

Separando, sembrando y composteando.

Desde un punto de vista arquitectónico, empezaron a desarrollarse y ponerse de moda, desde hace algunos años, proyectos de azoteas o techos verdes que generalmente resultaban costosos y complejos de desarrollar. Sin embargo, el sábado pasado, se llevó a cabo un evento público, por parte del Gobierno del Distrito Federal y otros entes privados, para promover a Efecto Verde, organización que promueve las azoteas verdes a partir de su producto de macetas hechas de plásticos reciclados y plantas que requieren poco mantenimiento (agua y cuidado). Cabe destacar que aunque en esta ocasión, en el monumento a la Revolución, se presentó un producto específico, también se comentaron alternativas sencillas a desarrollar por ciudadanos comunes y corrientes, las cuales resulta interesante e imperante recalcar.

En una ciudad como el Distrito Federal, resulta para muchos de nosotros difícil comprometer aunque sea un poco de nuestro preciado tiempo (ya que nos gusta gastarlo transportándonos de un lugar a otro) para cuidar nuestro entorno. Otros tantos, sentimos no tener el espacio adecuado o la habilidad necesaria para hacerlo. Sin embargo, en el actual panorama y situación ambiental a nivel local y global, parece que no nos quedará ningún otro remedio, esto si queremos que la raza humana siga siendo parte de este planeta por varias generaciones venideras. Acciones a cumplir como individuos hay millones: cuidar el agua, usar transporte público, minimizar nuestro consumo de energía, etcétera. Pero regresando al tema de lo verde, color que claramente nos falta en esta ciudad y país, qué puede hacerse.

Primero que nada, separar basura, ya es obligatorio por ley, no hay vuelta de hoja ni modo de frenarlo, es nuestra obligación ciudadana. Mínimamente debemos separar nuestros desechos en orgánicos e inorgánicos, pero podríamos ir más allá: aluminio, plástico, papel o cartón… ¿Y cuál sería el siguiente paso? Precisamente enverdecer nuestro entorno, de manera económica, sustentable y sencilla. Si tenemos el tiempo y espacio necesario, qué podría ser mejor que cultivar incluso algunos de nuestros alimentos favoritos, sabiendo de dónde vienen y que no contienen herbicidas dañinos para nuestra salud. Si no, siempre podremos recurrir a nuestras adoradas cactáceas u otras vegetaciones locales que requieren poco sustento pero que nos brindan un poco más del oxígeno al que estamos acostumbrados, ya sea en nuestro jardín, azotea, terraza o pasillo (quién se va a quejar de exceso de O2 en la Ciudad de México).

Algo que podría parecernos un poco más complicado, pero solamente por nuestra desidia y mala administración de tiempo, es el compostaje. Esta sería una actividad muy efectiva para agilizar y asegurar el crecimiento pleno y sano de nuestros sembradíos y una muy buena manera de aprovechar nuestros desechos orgánicos, que al descomponerse se convierten en una excelente forma de abono. Y la teoría de que las compostas siempre huelen mal es un mito, si se hacen de la manera correcta. Comparto un par de trucos: intentar descomponer un poco nuestra comida o desechos orgánicos agiliza el proceso; no exceder el agua o humedad en la composta evitará malos olores; agregar hojas secas ayudará a mantener un equilibrio de humedad ideal; lo recomendable es poner en nuestra composta capas de alrededor de diez centímetros de cada componente (residuos orgánicos, hojas muertas y tierra); el uso de lombrices podrá acortar significativamente el tiempo en que tu tierra esté lista (de seis a tres o hasta un mes). ¡Et voilá!

El compostaje, como todo, es algo que podemos efectuar a distintas escalas, dependiendo de nuestras posibilidades. Otra acción recomendable para tener vegetación en nuestro hogar es el diversificar. Hoy en día nos gusta todo expedito y en producción en masa, este es el caso de nuestra agricultura moderna, la cual erosiona suelos y causa múltiples daños ambientales. Por el contrario, existe un concepto milenario de nuestros pueblos indígenas muy sabio e interesante, el cual se recomienda aplicar también en nuestra agricultura a pequeña escala: la milpa. Este sistema de cultivo mesoamericano, combina generalmente la siembra de maíz, frijol y calabaza. Este acto refleja un profundo conocimiento técnico de nuestros antepasados con respecto a la tierra y su naturaleza, con el fin de cubrir las necesidades básicas de una familia campesina sin dañar la tierra o el medio ambiente. Así la milpa se convierte en un rico y complejo agro-ecosistema que protege la biodiversidad y evita efectiva y saludablemente las plagas. Sin tener que sembrar estos tres elementos forzosamente, lo recomendable es que tengamos plantas diversas; las hierbas aromáticas, por ejemplo, son buenas para alejarnos de las plagas y una opción recomendable como complemento en nuestro pequeño huerto o jardín.

Con estas ideas, y otras que se nos tienen que ir ocurriendo, podríamos contribuir con el reverdecer de nuestras urbes y mejorar nuestra calidad de vida. Las plantas son entes casi mágicos que no sólo filtran y nos protegen de contaminantes, sino también de cambios drásticos de temperatura, del ruido excesivo, etcétera. Aparte, un entorno verde siempre va a ser más atractivo, de eso no nos queda la menor duda. El mismo gobierno del Distrito Federal comienza a fomentar estas acciones reduciendo nuestro pago de impuesto predial al establecer azoteas verdes o forzándonos a separar basura. No nos quedemos atrás, siempre culpamos a nuestros gobiernos de falta de acción, pero afrontémoslo, gran parte del cambio debe estar también en nosotros. Al actuar estaremos también educando a futuras generaciones, lo que quizá no nos inculcaron suficientemente a nosotros, y con ello les permitiremos formar un futuro más prometedor y sustentable.

miércoles, 29 de junio de 2011

Viviend@ sustentable

Dicen que es mejor tarde que nunca, pero cuando se va muy atrás en la carrera uno debe apresurarse. Desde hace tiempo, la carrera la encabezaron algunos países europeos, nórdicos particularmente. Después, más a fuerza que con ganas, le siguió Estados Unidos y algunos países asiáticos, dejándonos a Latinoamérica, y muy particularmente a México, hasta el final del maratón por lograr una realidad más sustentable. Nos alegra, de cualquier modo, que en estos días se haya certificado el primer conjunto habitacional sustentable a nivel nacional en la capital de nuestro país. Este esfuerzo se hizo por parte del Instituto de Vivienda del Distrito Federal y Grupo GEO, a quien le daré el beneficio de la duda por estar respaldado por el Gobierno del Distrito Federal, ya que Casas GEO ha demostrado, varias veces en el pasado, irresponsabilidad social, ambiental, ética, de construcción, etcétera.

El conjunto de 33 edificios y 546 departamentos, se encuentra en la colonia Del Gas, en la delegación Azcapotzalco. Con esto, se afirma que se está apostando por una nueva y sustentable forma de construir. Entre las características básicas de este conjunto habitacional se encuentran el uso de calentadores solares, una planta de tratamiento de aguas residuales, depósitos para la captación de lluvia, excusados de bajo consumo de agua y celdas fotovoltaicas para el alumbrado de la calle aledaña. Se pretende, que al contribuir con el ahorro de energía y agua, estos aditamentos ayuden a los habitantes de esta colonia popular a reducir significativamente el pago de sus servicios. Sin duda, aquí podemos observar lo que se puede lograr con un poco de voluntad, no sólo política, sino también, y muy importantemente, de la Iniciativa Privada.

Es muy positivo, sin duda, que el dinero público se utilice para este tipo de proyectos. Sin embargo, existe otro elemento increíblemente importante para poder realmente impactar o generar un cambio en materia ambiental. El gobierno no podrá financiar absolutamente todos los proyectos de este tipo, lo que sí deberá hacer, es impulsarlos mediante leyes e incentivos. Aquí la iniciativa privada y el gremio de arquitectos e ingenieros tendrán que poner de su parte. Resulta imperante que se haga obligatorio el certificar en materia de sustentabilidad nuestras viviendas y edificios. Paralelamente, sin creer que se va a requerir de un esfuerzo económico estratosférico, nuestros diseños tienen que estar llenos de sabiduría e inteligencia; ventilación natural, iluminación natural, uso de materiales aislantes, uso de materiales sustentables, uso de la orientación de nuestras construcciones para aprovechar el sol y no sufrirlo, etcétera. Y a los empresarios tacaños deberá recordárseles que ahorrar muchas veces sale caro, y tendrá que salirles caro en su cuenta eléctrica y demás servicios, así como en el detrimento del planeta en el que viven.

Hagámoslo por beneficio propio, por consciencia, por responsabilidad hacia futuras generaciones. Patriótica y nacionalistamente, sentimientos que nos encanta demostrar, debemos acelerar nuestro paso en esta carrera, y sin olvidar que afortunadamente la carrera cada vez se pone más competitiva. En Nueva York se acaba de diseñar y proponer una colonia o barrio vertical y sustentable de 290 metros de altura. El proyecto incluye paneles solares o fotovoltaicos (que podrán llegar a exceder la demanda de energía del edificio para venderla), mini-turbinas de viento, uso mixto (residencial, comercial, recreacional, laboral y servicios), y un programa de coches eléctricos compartidos (en lugar de estacionamiento para promover también el transporte público). Algunas ideas podrán parecer futuristas, pero no cabe duda que la imaginación nos está quedando corta para la imperante necesidad de revirar nuestro destino en materia ambiental.

Revolucionando los cimientos del pensamiento

En ocasiones resulta imperante cuestionarnos acerca del beneficio y detrimento de todos los avances y el progreso que ha conseguido el ser humano, no con un afán oscurantista, ni negando los muchos éxitos y descubrimientos que hemos tenido como sociedad mundial. Sin embargo, en el actual acontecer, es difícil no darnos cuenta que hemos cometido muchísimos errores, y lo que es aún peor, nos sigue costando mucho trabajo el reconocerlos. Tomemos mi profesión como ejemplo, la arquitectura. En su larguísima historia se ha centrado en la edificación de majestuosidad y belleza de ciudades enteras con el afán de trascender eternamente. Actualmente, de manera más lenta que lo ideal, comenzamos a darnos cuenta que nuestra responsabilidad es grandísima como para reducirla al fin estético, por más magnánimo que éste sea. Tanto la arquitectura como el urbanismo juegan un rol trascendental y fundamental en nuestra lucha por llevar una vida sustentable e intentar frenar o revertir, en la medida de lo posible, el daño ambiental que le hemos hecho al planeta, y con ello, a nosotros mismos.

En los años setenta, surgió un grupo de arquitectos que se asentaron en Nuevo México, Estados Unidos, con ideas y proyectos radicales en su momento, e inclusive radicales hasta hace un par de años. Llamados ‘Guerreros de la basura’, al darse cuenta de que estábamos, como humanidad, convirtiendo a nuestro planeta en un lugar inhabitable, admitieron que su carrera no estaba orientada en el sentido correcto. Empezaron entonces a hacer construcciones, primero para ellos mismos, a base de basura: botellas de vidrio, botellas de plástico, latas, llantas, etcétera. Se dieron cuenta que las llantas rellenas de tierra son un elemento extremadamente duradero y aislante (bueno para uso en temperaturas extremas); comenzaron a tomar en cuenta elementos como la orientación para utilizar el sol de una manera ventajosa; crearon sistemas simples de captación de agua pluvial; crearon sembradíos en sus patios traseros… De este modo, no utilizaban ningún servicio externo, ni luz, ni agua, ni gas; ni cuando las temperaturas bajaban hasta a -35º centígrados.

Es cierto, sus construcciones no eran las más pulcras, quizá más bien eran un revoltijo de elementos y residuos que se hubieran ido a nuestros mares o basureros municipales. Y sí, quizá estas construcciones no sustentarían nuestro modus vivendis actual, pero ellos formaron una comunidad en la que, regresando a los elementos más esenciales de la subsistencia humana, se sentían libres y dirigentes de sus propios destinos. Y entonces se difundió la idea de estas comunidades libres de la red eléctrica, entre otras cosas, y varios clientes quisieron replicar este estilo de vida; parece que después de todo sí tenemos llenadero los seres humanos, y una vez que una sociedad tan consumista como la norteamericana lo ha tenido y probado todo, prefiere regresar a la sencillez de la vida como érase una vez. Pero el gusto no duró mucho tiempo. Para inicios de los noventa, le quitaron la licencia a Michael Reynolds, arquitecto líder en estos proyectos, por construir en zonas sin servicios básicos ni carreteras, por construir en tierras comunales (sin un sólo dueño en la escritura como se acostumbra en aquel país), y por construir vivienda experimental de la que no se podía tener certeza si cumplía los estándares de seguridad y salubridad norteamericanos.

Y así, por intentar construir una alternativa sustentable, por no construir vivienda como se ha construido en Estados Unidos desde mediados del siglo veinte, se le dijo a este arquitecto que estaba violando la ley. Desesperanzado, y tratando de seguir las reglas del juego, se contrataron decenas de ingenieros geólogos y demás expertos para poder terminar en siete años sus proyectos y desarrollos en los que se gastó decenas de miles de dólares más de lo estimado. De este modo sintió perder la habilidad para experimentar, para construir sueños, para evolucionar… Pero llegó el momento en el que reflexionó que en Nuevo México se destruyeron miles de acres experimentando y probando bombas atómicas; y entonces se dijo, si se experimenta con bombas, si se experimenta con automóviles y aviones, por qué va a estar prohibida en Nuevo México la construcción de vivienda experimental. Por tanto, se dio a la tarea, desde el 2004, de intentar modificar las estrictas reglas de construcción y planeación de su estado. Se confrontó con la amarga diplomacia y pérdida de tiempo que se da en la arena política para remediar asuntos urgentes. Se le dijo que las compañías de servicios (i.e. electricidad) se sentirían amenazadas por su propuesta, que no hablara del cambio climático porque los republicanos no creían en esta teoría, que su propuesta no tenía el lenguaje adecuado…

Pero mientras perdía la esperanza en su propio país perteneciente al ‘primer mundo’, se cruzaron varios desastres naturales que le dieron fuerza para continuar luchando. En el 2004 un terremoto y tsunami devastó la Isla de Andamán, India, dejando con vida únicamente a siete mil de sus 35 mil habitantes; en el 2005, Katrina demolió una ciudad del país más poderoso del mundo; en el 2006 el Huracán Rita golpeó el Golfo de México… En todas estas situaciones, el albergue y la vivienda se convirtieron en uno de los asuntos imperantes a solucionar después de la catástrofe. Y así, Michael y su equipo viajaron a la isla Hindú, a Nueva Orleans y a Matamoros, México, a implementar en un par de semanas lo que no les estaba permitido construir en su propio hogar, aliviando con ello las carencias de cientos de personas. La historia para Michael termina bien, después de tanta lucha, su trabajo se vio recompensado y reconocido, pudo volver a aplicar el examen para obtener su licencia de arquitecto y de construcción, y en el 2007 se pasó una ley en Nuevo México que avalaba la construcción de vivienda experimental como la que Michael Reynolds y su equipo habían construido años atrás. A pesar del aparato político moroso (el cual se congratula de pasar una ley después de tres años considerándolo poco tiempo), y a pesar de necesitar comprobar su teoría después de dolorosos desastres naturales, parece que empezamos a prepararnos de manera consciente para el futuro. Esperemos que el sueño americano y global deje de ser el de la posesión desmedida de bienes materiales, y se convierta en el de supervivencia global y humana.

Confluencia e intercambio

Me llamaron la atención dos noticias similares en los últimos días. Dos zonas se han visto afectadas por exceso de movimiento, por decirlo así. Los centros de Xochimilco y Coyoacán. Desde un punto de vista urbano, las concentraciones de gente, actividades y servicios son positivas por muchas razones, aun cuando bien sabemos que en sitios como el Distrito Federal, el exceso de esta gente y bullicio puede ser un gran dolor de cabeza. Lo que resulta aún más extraño, es que uno de los más grandes señalamientos se fundamentan en el hecho de que esta confluencia de gente produce inseguridad. Esto es extraño porque comúnmente, en cualquier lugar del mundo, la concurrencia de personas y diversas actividades nos permite sentirnos más seguros (a menos que uno sea muy despistado y descuidado, lo cual atrae a los llamados carterazos). Podemos en ocasiones preferir privacidad y tranquilidad en espacios aislados, pero debemos admitir que al incrementar el número de personas y actividades, los lugares se dinamizan y se vuelven más productivos. Lo que sí es cierto, es que esta condición requiere de un gran soporte de infraestructura y una adecuada planeación, la mayoría de veces inexistente en nuestras urbes mexicanas.

Quién no prefiere vivir en un lugar donde sin recorrer una larga distancia pueda encontrar un mercado, una escuela, un teatro, un parque, un museo, un cine, un centro comercial, oportunidades laborales, etcétera. Esto es lo que necesita, sin duda, el Distrito Federal, zonas en las que TODOS los capitalinos puedan vivir y al mismo tiempo encontrar servicios, trabajos, entretenimiento y demás, sin tener que pasar horas en el coche. Sin embargo, estas confluencias nos molestan cuando sentimos que dañan nuestro nivel de vida (i.e. un antro ruidoso al lado de un conjunto departamental). Esto obviamente no es lo ideal. Pero si lo repensamos, igual no queremos bares al ladito de nuestra casa, pero el tenerlos a una distancia relativamente cercana no es del todo malo, porque una zona que muere o carece de actividad después de las diez de la noche puede llegar a hacernos sentir también muy inseguros, y entonces las zonas residenciales se convierten en lugares donde uno no puede caminar de noche y sólo se puede transportar en automóvil.

Pero entonces, el asunto es que un lugar como Xochimilco se siente invadido, y hasta siente que peligra su patrimonio, por el exceso de ambulantes, taxis, microbuses, etcétera, que producen basura y dañan la estructura urbana. Algo muy similar le sucede a Coyoacán, quien retiró a artistas urbanos y colectivos artísticos por sentir que provocaban asaltos y con el objetivo de guardar cierto orden (en lugar de tumultos y caos). Entonces, cada delegación hace lo suyo y lanza iniciativas y planes para reorientar los destinos de sus áreas a gobernar. La demarcación Xochimilco remodela vialidades (repavimentación) y fachadas en su centro histórico, cambia drenajes, reemplaza luminarias. Así, Manuel Gonzalez y Raúl Flores, hacen su trabajo, y es un buen comienzo, pero quizá insuficiente o desorientado en algunos aspectos. El querer evitar las aglomeraciones de gente en una ciudad como la capital de nuestro país para no dañar nuestra estructura urbana es una visión simplista. Somos muchos y llenar centros tan bellos como los de Coyoacán o Xochimilco debe verse como una acción positiva en la que se intercambian pensamientos y servicios.

Lo apropiado es que la estructura urbana sea lo suficientemente fuerte y apropiada para su uso pleno, por un lado, y por el otro, como sociedad tenemos que ubicar que para poder disfrutar de nuestros espacios públicos y abiertos debemos ser lo suficientemente responsables para cuidarlos y respetarlos (i.e. jamás tirando basura, entre otras acciones). Se puede argumentar, como lo hizo Raúl Flores, que Coyoacán es una zona residencial donde deben cumplirse las demandas vecinales. Sin embargo, debe entenderse que Coyoacán es un patrimonio que no sólo pertenece a sus habitantes residenciales, muchos de los cuales también buscan vivir cerca de su centro por su vitalidad característica, y que mutilarla sería un desacierto. Habiendo dicho esto, se entiende que se necesite o pretenda establecer cierto orden, reubicar, planear, etcétera. Ubicar, por ejemplo, que los espacios residenciales se encuentren a un par de cuadras de antros y bares. Sin embargo, la convergencia de decenas de miles de personas en espacios llenos de historia y cultura siempre debe verse como algo positivo, algo a fomentar, encausar y hacer posible.

miércoles, 22 de junio de 2011

Los juegos del ‘libre mercado’

Una vez más se nos presentan situaciones para cuestionar a la ciencia y algunas de sus disciplinas o ramas maravillosas que podrían aliviar prácticamente todos los males del planeta. Sin embargo, los avances científicos suelen frecuentemente estar en las manos equivocadas, llámese trasnacionales rapaces o gobiernos incongruentes. Constantemente escuchamos debates alrededor del mundo acerca del uso de semillas genéticamente modificadas, los famosos transgénicos. En nuestro país se inició desde el 2007 la campaña Sin maíz no hay país, en contra del uso de transgénicos y en defensa de la soberanía alimentaria. En Europa se intenta frenar el uso de glifosato, herbicida usado para los monocultivos transgénicos y que ha demostrado graves afectaciones a la salud humana. En Perú se aprobó recientemente una moratoria de diez años para el ingreso de transgénicos. En Chile se frena la entrada de más transgénicos transnacionales pero se motivan los transgénicos nacionales bajo condiciones similares. Pero quizá, el ejemplo que más nos sorprenda es el de Bolivia, país que podría en breve legalizar el uso de transgénicos y la privatización de varias semillas o granos. Independientemente, el tema es que las promesas de la industria de los transgénicos, como la de eliminar la hambruna a nivel mundial, no se han cumplido, y la desigualdad y pobreza en zonas rurales más bien se ha incrementado alrededor del mundo.

Mientras la ONU admite tal realidad, los movimientos sociales, que en su historia tienen múltiples y diversas luchas, pero que hay que reconocerlo, las batallas se han incrementado en el periodo neoliberal de nuestra historia, declaran a Monsanto, propietario del noventa por ciento de las patentes y semillas transgénicas, enemigo de la humanidad. Tenemos a un gobierno, el de Bolivia, basado en el apoyo y respaldo a grupos campesinos, indígenas y movimientos sociales. Este país también encabeza el movimiento Defensa de la madre tierra, que naturalmente rechaza el uso y cultivo de transgénicos; más aparte, el uso de semillas genéticamente modificadas está en contra de la constitución boliviana. Es mucho lo que está en juego, como las 1400 variedades de patatas y de maíz que posee esta región. Por supuesto, el discurso es atractivo. El uso de transgénicos promete incrementar la riqueza y competitividad; con la manipulación genética de algunas semillas se promete ofrecer resistencia al cambio climático; se dice que la intención es garantizar el abastecimiento interno de alimentos; o ultimadamente, algunos legisladores simplemente afirman que de todos modos ya se consumen productos transgénicos importados. Sin embargo, así como en los años setenta, con agroquímicos se prometió que se erradicaría el hambre mundial con la eliminación de plagas, Bolivia pasó de tener ochenta tipos de plagas a quinientos en la actualidad, con todas las adversidades que aparte probaron producir estos tóxicos a la salud humana y ambiental.

No puede olvidarse tampoco, que al privatizar ciertas semillas los laboratorios transnacionales se convertirán en los dueños, amos y señores que podrán especular subiendo sus precios o cortando su distribución para lograr una mayor dependencia de los países en vías de desarrollo a sus tecnologías. ¿Parece esto una garantía para terminar con el hambre mundial, o más bien puro interés empresarial? ¿Pueden culparnos por ser desconfiados cuando genéticamente se manipulan estas semillas para que sean infértiles y los campesinos tengan que comprarlas año con año? ¿Y qué decir de los asesinatos de opositores a Monsanto? ¿Cómo no querer evitar la entrada de estas tecnologías a nuestros países cuando hemos visto las disputas por tierras y semillas que se han generado a raíz de ellas en países como la India o Brasil? No cabe duda que no puede más que exigirse completa transparencia en estos procesos, así como la difusión de información y consulta pública en temas que afectan de manera importante a comunidades agrícolas de países como Bolivia. Muchísimo está en juego: la pérdida de biodiversidad, la agricultura ecológica, la supervivencia de pequeños agricultores, y hasta la salud humana. Incluso científicos de renombre comienzan a cuestionar y a señalar las implicaciones que han dejado quince años de cultivos transgénicos.

Al modificar genéticamente alimentos y semillas (combinándolos con genes de insectos, peces o bacterias), para hacerlos resistentes a insecticidas, gérmenes e insectos, obviamente las cosechas se vuelven más productivas. Sin embargo, al utilizarse partes de genes de organismos altamente patógenos y con virus de alta toxicidad por su alta capacidad a combinarse, se cuestiona, si esto es lo que ha provocado las recientes epidemias de E.coli en Europa. Pero esto no es nada comparado con los problemas graves de salud que se han provocado en las comunidades aledañas a los cultivos, la mayoría de ellas en América; una vez más nos usan de conejillos de indias. Al cultivar transgénicos, se usa masivamente el herbicida glifosato, cuyos impactos a la salud humana ya son más que conocidos, por lo que se está frenando la entrada de cultivos transgénicos a Europa, los mismos que han existido en Latinoamérica por décadas. Algunos de los padecimientos asociados con el glifosato son: alteraciones endocrinas, mutaciones del ADN (cuyo producto pueden ser las malformaciones genéticas), cáncer, entre otros. Estos padecimientos se encontraron incluso al suministrar dosis bajas y ni remotamente comparables a los niveles de pesticidas encontrados en la comida y el medio ambiente cercano a los sembradíos transgénicos.

Lo más irritante es que, industrias como Monsanto, han tenido conocimiento de esto desde los años ochenta. Por el contrario, la población mundial se ha mantenido en las tinieblas al respecto, poniendo así en peligro la salud pública por intereses económicos y privados. Duele sentir que tenemos que luchar en contra de la ciencia (aunque en realidad sea de intereses mezquinos y usureros), pero así es. Particularmente en el tercer mundo, la entrada de transgénicos a nuestras fronteras nos impediría competir con nuestros ricos y diversos productos en el mercado internacional. En Chile tenemos el ejemplo en cuyas tierras Monsanto aumentó en un veinticinco por ciento su producción en cultivos transgénicos el año pasado. De este modo, estando presente desde hace más de diecisiete años en los campos del país sudamericano y siendo la séptima nación que más produce para la firma, a los chilenos no se les permite usar las semillas de un primer cultivo en una segunda producción. Así de ingrato es el ‘libre mercado’.

Viviendo en la barranca

En los últimos días, afortunadamente se le ha dado significativa cobertura al tema del riesgo de miles de viviendas ubicadas en barrancas en las periferias del Distrito Federal. Se afirma que el número sobrepasa las diez mil residencias. Esto es sumamente grave ya que con el hecho se pone en riesgo la vida, el bienestar y patrimonio de decenas de miles de personas. Aún más indigna el hecho de que al mismo tiempo podamos encontrar viviendas deshabitadas o inhabitables en diversos puntos del centro de la Ciudad de México. El argumento de alta demanda de vivienda en la capital del país es insuficiente, porque aunque bien sabemos que el número de habitantes de esta entidad es exagerado, también sabemos que muchos de los problemas que nos aquejan en esta metrópoli, se deben a la dispersión poblacional.

Los terrenos inestables de las barrancas donde se continúan construyendo viviendas no sólo representa un riesgo de seguridad para sus habitantes, sino también es signo de la tremenda desigualdad que se vive en la ciudad y país. Mientras en el DF existen puntos de convergencia de todas las culturas y estratos sociales (i.e. el Zócalo capitalino), la vivienda es un aspecto que continua desatinadamente segregado. Nuestra limitada cultura al respecto nos impide percibir como posibilidad el que personas con distintos ingresos o status económico puedan habitar en una misma cuadra, como se hace, por ejemplo, en Alemania. Este hecho, no cabe duda, sería la solución a muchísimos de nuestros problemas. Es absurdo que las personas que dan servicio a zonas como Santa Fe, Polanco, Lomas de Chapultepec o el Pedregal, tengan que recorrer dos horas para llegar a sus trabajos y lo mismo de regreso a sus casas. No creen que si esta condición cambiara tendríamos una sociedad más justa, más equitativa y hasta más segura, al darle a toda la población la posibilidad de tener una vida digna y saludable y así progresar y no sucumbir a los vicios de los que sufrimos hoy en día. ¿No es hasta discriminatorio este trazo de ciudad?

Pero hemos permitido que el trazo de nuestra ciudad lo dibujen intereses privados y desarrolladoras, así como nuestras mediocres instituciones gubernamentales que no han sabido poner un fin a esta situación. Para prueba, la máxima institución de vivienda en nuestro país, INFONAVIT, que aun con un componente gubernamental en ella, se ha dejado arrastrar por el sector empresarial para reproducir viviendas muchas veces infames y siempre relegadas a la periferia de la ciudad, recreando el mismo patrón que tanto lastima a nuestra sociedad. Y así, se le orilla a una buena parte de la población, por falta de recursos para vivir cerca de sus trabajos y actividades, a realizar asentamientos informales que los ayudan a sentirse con un poco de control y patrimonio. Otro gran culpable en esta situación específica (que también se repite en el resto de la república mexicana) es el Estado de México, cuyos pobladores por falta de oportunidades y servicios intentan acercarse a la Ciudad de México en donde muchas veces sí encuentran la solución a este vacío.

Y entonces se argumenta que alrededor del setenta por ciento de los inmuebles sólo se encuentran en zonas de riesgo medio (el resto, más de quince por ciento, en riesgo alto). Pues a eso debemos responder que ni el más mínimo riesgo es aceptable para ningún mexicano. Bien lo dice el artículo 4º constitucional: “…Toda persona tiene derecho a disfrutar de vivienda digna y decorosa…” Se propone que los funcionarios que permitan la instalación de viviendas irregulares en barrancas, o los que con engaños ‘regalan’ tierras en estas zonas, deberán ser encarcelados, se promueve que las penas sean de tres a siete años en prisión, en parte por sanción a delitos ambientales. Esto con el fin de evitar la invasión en barrancas, la generación de riesgos y la destrucción de territorio ecológico. Se quiere también dotar con marco jurídico a la ciudad para poder coordinarse con instancias federales, la iniciativa privada y la población para la conservación de estas áreas. Si se cumple, esto puede ser un comienzo, pero también debe entenderse que el problema debe arrancarse de raíz, y se deben de dar las condiciones para que nadie se vea forzado a vivir en estas condiciones. Nos sorprende cuando después o en vísperas de un desastre natural existen personas que se rehúsan a abandonar sus casas. Quizá es porque bien saben que el volver a construirse un patrimonio será prácticamente imposible y que al abandonar sus hogares dejan todo por lo que han trabajado toda su vida.