miércoles, 22 de junio de 2011

Poniendo en regla el transporte público

A mediados de semana, nos topamos con la noticia de que el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, ha puesto en marcha el Programa de Verificación Permanente al Transporte Público. No cabe duda que dicha iniciativa ha sido necesaria desde hace muchísimo tiempo, sin embargo, no puede más que esperanzarnos la noticia ya que del correcto funcionamiento del Transporte Público en la capital del país, depende en gran parte la seguridad y el confort de sus habitantes. En lo personal, habiendo vivido en provincia y en Estados Unidos por algunos años, tengo que admitir que mi calificación del transporte público capitalino en general es buena. Podrá haberme en un inicio impactado la cantidad de gente que se aglomera en el metro, metrobús, micros, peseros y demás inventos de transporte urbano (pero en qué rincón del Distrito Federal y su zona conurbana no es impresionante la cantidad de gente que se asemeja casi a una plaga) y para nada apoyo la decadencia en la que se encuentran miles de microbuses y peseros. Sin embargo, comparando estos servicios de transporte con el escaso y a todas luces insuficiente sistema de transporte en el resto de la república mexicana, así como el costosísimo y aun así ineficiente transporte público de muchos rincones del supuesto ‘primer mundo’ (en el caso de Estados Unidos), uno termina por acostumbrarse y hasta agradecer el poder transportarse por tres pesos de un rincón a otro de esta enorme urbe.

Aun así, el esfuerzo necesario para mejorar nuestro sistema de transporte público, y con ello nuestro nivel de vida, es enorme. Y por ello, no podemos más que esperar y exigir de nuestras autoridades toda la voluntad política posible. En este programa se plantea la revisión de más de doscientos mil vehículos, en su mayoría taxis, más de la mitad de automóviles a revisar. Esto para eliminar la existencia de taxis piratas o irregulares (que en ocasiones presentan un importante riesgo en términos de seguridad pública). También serán verificados microbuses y vehículos provenientes del Estado de México, la entidad con mayor número de ingreso de vehículos diarios a la capital del país; esto para tener registro de quién circula en el Distrito Federal con frecuencia en autos que provienen de otras localidades y de los cuales no se tiene información. Se afirma que se trabajará con el apoyo de las jefaturas delegacionales para lograr el cometido que el programa promete. Sin embargo, los planes o puntos a seguir en este proyecto aún no son claros para el ciudadano que lo observa desde afuera de la esfera gubernamental.

Se dice que se ha puesto un gran esfuerzo y cuidado para crear un cuerpo profesional de alto nivel y con un salario de veintisiete mil pesos, meritorio después de muchas pruebas para obtener personal calificado. Los inspectores que se han añadido al programa y al Instituto de Verificación son cien para que sea plausible el revisar al vasto sector del transporte público que recorre nuestra capital. Entre los requerimientos a seguir por parte de los transportistas y concesionarios, aparte de obviamente llevar su documentación oficial (i.e. licencias y permisos) en regla, son el iluminar los interiores de las unidades y retirar los vidrios polarizados, entre otros requisitos de seguridad obligatorios en cada unidad (sería interesante conocer todos esos requisitos). Hasta el momento se dice haber revisado casi diecisiete mil taxis y más de mil autobuses, de los cuales alrededor del tres y el diez por ciento, respectivamente, se han llevado al corralón por faltas a los estándares requeridos. Las multas, se dice, serán de hasta treinta días de salario mínimo, y la meta es que para diciembre del 2011, se haya revisado todo el transporte público y la mayor parte de los Centros de Transferencia Modal (donde se conjuntan distintos tipos de transporte, mejor conocidos como paraderos).

Para esto, lógicamente tiene que automatizarse de algún modo el procedimiento, y sin duda es un plan ambicioso. Pero aunque para realmente lograr un cambio sustancial, como aspiró Ebrard, la aplicación efectiva y real de normas es fundamental (de eso no hay duda), uno también querría ver normas mucho más estrictas y un escrutinio mucho más cuidadoso cuando se trata de transporte público. Sabemos que se intenta instaurar poco a poco vehículos más sustentables y que producen menos emisiones, sin embargo, la lucha tiene que ir más allá. Yo me centraría principalmente en los microbuses y peseros. Estos son vehículos, que si bien son eficientes en el sentido de que recorren prácticamente cualquier punto de la ciudad, su estado es prácticamente insostenible, así como sus usos y costumbres. No es suficiente, por cuestiones de seguridad, que se iluminen o se retiren polarizados de las ventanas. Los micros y peseros sin duda nos llevan a muchos lados y funcionan como un suplemento a la red del metro y líneas del metrobús, sin embargo, son contaminantes, incómodos, pequeños, ruidosos, generalmente contienen fugas de gas que son perjudiciales para la salud de usuarios y choferes… y sus choferes, aquellos a los que junto con su maquinaría tememos por su frecuente falta de civilidad. Y por más que pueda resultar atractivo que nos dejen exactamente en la puerta de nuestro destino, deben existir regulaciones que agilicen y mejoren su servicio. Admitámoslo, caminar una cuadrita no nos hace ningún daño, ¡al contrario!

El efecto verde que necesitamos

Deambulando por twitter, gran herramienta si se usa correctamente, me topé con un proyecto denominado Efecto Verde. Interesada por todo lo que puede resultar sustentable investigué al respecto. Resulta que este proyecto se incentivó por un grupo de urbanistas (trabajando conjuntamente con otras disciplinas) bajo el objetivo de restaurar a la capital de nuestro país, entre otras ciudades, en una especie de rescate urbano. Este planteamiento obviamente me mantuvo interesada. La base de este plan son las azoteas verdes. Sabiendo como arquitecta que los llamados techos verdes son generalmente costosos, estructuralmente complicados (por ser muy pesados) y sólo una de muchísimas iniciativas necesarias para aumentar la sustentabilidad de un poblado o ciudad, comencé a mostrarme escéptica. Y bueno, la realidad de las cosas es que Efecto Verde no es solamente una iniciativa para mejorar nuestro entorno, sino también una especie de negocio. Así pasé por algunos minutos de investigación de la emoción a la duda y de regreso.

Poner la esperanza de una ciudad limpia, saludable y revitalizada en un solo proyecto es un poco utópico. Sin embargo, analizando a fondo, Efecto Verde sí puede prometer convertirse en uno de los muchos proyectos, negocios o profesiones que con su responsabilidad hacia el medio ambiente transformen nuestra realidad con una legítima y positiva actividad económica. Aunque a primera vista me pareció un poco simplista el pensar en llenar las azoteas y terrazas del Distrito Federal con algún tipo de vegetación para mejorar nuestra calidad de aire y de vida, la propuesta de Efecto Verde me demostró ser más multifacética de lo que en inicio pensé. Todo empieza con el importantísimo esfuerzo que representa la separación y reciclaje de basura en una entidad como la Ciudad de México, costumbre que es imperante que adquiramos todos los que vivimos aquí. De este modo, Efecto Verde se compromete a recolectar plásticos para la fabricación sustentable de macetas, así como desechos orgánicos y agua pluvial o tratada para la cosecha de futuros fragmentos modulares de techos verdes. Hasta el momento, muy interesante; no cabe duda de que uno de nuestros mayores dilemas se encuentra en nuestra enorme producción de basura y el uso poco productivo que a ella le damos, lo cual al cambiar vendrá como recompensa para futuras generaciones.

Otra de las importantes ideas de Efecto Verde es la reproducción de plantas que requieran poco mantenimiento. A esto debe sumársele el que sean locales para su mayor sustentabilidad. Esto comprobaría el genuino interés de formar parte de un ciclo saludable y verde, ya que la pretensión de utilizar plantas exóticas, que tengan que transportarse de lugares remotos o que requieran grandes cantidades de agua tampoco sería positivo. Aquí nos damos cuenta que entre más simple mejor; accesible para una gran parte de la población (se prometen productos de muy bajo precio), sin mucha complejidad para mantener, y hasta con sistema de captación de agua pluvial. Y si esta idea se presenta como viable o sencilla para una buena parte de la población, resulta obvio señalar que un sector que podría de manera importante adquirir este compromiso verde sería aquella que tiene el número más importante de recursos: la iniciativa privada, aun sin los incentivos fiscales que Efecto Verde plantea brindar para hacer su propuesta más atractiva. Las grandes corporaciones podrían pensarlo como una inversión para mejorar sus instalaciones y proveer espacio verde y semi-público para sus trabajadores, su bienestar y, por ende, su mejor desempeño. Y qué decir de la buena publicidad que daría el demostrar cierta responsabilidad ambiental que fuera ejemplo a replicar en otros rincones de la república.

Así se han congregado o aliado a Efecto Verde varias universidades, organizaciones civiles e incluso entes públicos y privados para ser parte de la mejora ambiental de una ciudad como la capital de nuestro país. No cabe duda, que de obtener suficiente popularidad, Efecto Verde podrá contribuir con la mejora de nuestra calidad de aire, la mejora de nuestra calidad de vida al proveer de más espacio verde (y esperemos que también público), al promover el reciclaje de agua pluvial y tratada, etcétera. Sin poner todas nuestras esperanzas en una sola propuesta, da gusto que este tipo de iniciativas nazcan en México, aunque sabemos que su éxito o fracaso dependerá mucho de nosotros mismos y el interés que le demos a proyectos como este.

lunes, 13 de junio de 2011

Lanzando flores en medio de la noche

“Es una vergüenza el nada hacer cuando la guerra de todo se apodera.” – subcomandante Marcos

El sábado pasado salieron unidos por el dolor cerca de mil personas de Cuernavaca, Morelos primero y después de la capital del país con destino final a Ciudad Juárez, una de las ciudades más dolidas de nuestra nación. Con el canto de un caracol, trece autobuses y varios vehículos particulares dieron la vuelta a la glorieta del Ángel de la Independencia mientras intentábamos despedirlos con la mayor vitalidad posible el número insuficiente de personas que nos reunimos ese día. Conmovidos nos quedamos con las siempre poéticas palabras de Javier Sicilia y demás compañeros que se unen al sufrimiento de otros padres, de otras madres, de otros hijos, de otros mexicanos. Nos quedamos bajo la promesa de no permitir que la apatía nos borre el rostro y la identidad, nos quedamos bajo el compromiso de construir paz, nos quedamos en la noche que se nos ha impuesto pero sabiendo que más arriesgamos quedándonos callados.

Y así, la Caravana del Consuelo, como se ha autodenominado, y que sin duda es parte de lo que ha provisto, pasó primero por los estados de Michoacán y San Luis Potosí. El lunes 6 de junio, llegó a mi abatido estado natal, Zacatecas; aquel que ha sufrido impresionantemente, aquel que se ha transformado, como tantos otros, en un espacio irreconocible y hostil. Y así, su tierra colorada, y así su:

… típica montaña

que, fingiendo un corcel que se encabrita,

al dorso lleva una capilla, alzada

al Patrocinio de la Virgen.

Altas

y bajas del terreno, que son siempre

una broma pesada.

Y una Catedral, y una campana

mayor que cuando suena, simultánea

con el primer clarín del primer gallo,

en las avemarías…

como habría de componer y declamar el poeta zacatecano Ramón López Velarde, así, todas estas bellezas han quedado en el olvido y han sido remplazadas por la sangre que nos inunda y nos lacera.

Ante esta realidad que me es personal pero que sé perfectamente no es exclusiva de ninguna ciudad o estado del país, se nos presenta la prueba irrefutable de la incapacidad de Felipe Calderón, junto con tantos otros gobernantes, para garantizar paz y legalidad. Día con día nos dan razones para entender de una vez por todas que son incapaces de gobernar. Precisamente en Zacatecas, se condenó el allanamiento de las instalaciones del Centro de Derechos Humanos Paso del Norte por la Policía Federal en Ciudad Juárez el domingo pasado. Qué se pretende con estos delitos institucionales. ¿Qué quiere borrarse o eliminarse? Por más que roben expedientes el dolor y la injusticia jamás desaparecerán de la realidad y de sus conciencias. Será que quieren que perdamos la razón y actuemos con violencia para que después puedan condenar nuestra causa. Sicilia ayer afirmó que eso no sucederá, aseguró que desde su movimiento no se contribuirá a incrementar la espiral de violencia, “que sus juegos de guerra nos lastiman y nos indignan, pero que vamos a desobedecer todo mandato de guerra e inhumanidad”.

Esperanzadoramente, se reunieron más de mil personas en la Plaza de Armas de mi ciudad alrededor de las tres de la tarde en este inicio de semana. Se escucharon denuncias ciudadanas que nadie más, en especial nuestras autoridades, quieren escuchar. Al llegar a Durango, la gente salió a las calles de noche a recibir la Caravana, hecho inédito por la inseguridad desde hace varios meses. También se mostró una exposición de zapatos de muchos de los muertos de esa ciudad y estado, imaginen el significado de tal acto y la conmoción que ha de causar el presenciarlo. Cómo no quebrarse en llanto, ya no digamos al escuchar, sino simplemente al leer la denuncia de un padre cuya hija fue asesinada hace ocho años y cuyo caso no ha sido esclarecido y nos dice: “Se fue mi golondrina, no sé por dónde, por eso no puedo despedirme”. Qué más necesitarán nuestras autoridades para conmoverse, para actuar, para rectificar. Qué más necesitas tú, mexicano, para despertar, para evitar que secuestren a tu patria, para que mañana la víctima no seas tú.

Por eso, junto con la comunidad zapatista, no puede más que reconocerse el caminar y esfuerzo de la Caravana que encabeza el poeta Javier Sicilia; no puede más que admirarse su compromiso para asegurar que no se repitan más desgracias y termine de una vez por todas esta tragedia sostenida principalmente por la impunidad y desvergüenza de nuestros gobernantes y políticos. Causas hay muchas, hace dos años murieron 49 pequeños cuyo pecado fue el de nacer en un país reinado por el nepotismo, la irresponsabilidad y la corrupción. Así, la desgracia ha llegado prácticamente a todos nuestros hogares, sin que la esperáramos ni la mereciéramos. Como declaró Marcos en su última carta: “La muerte de una niña, de un niño, siempre es desproporcionada. Llega atropellando y destruyendo todo lo cercano. Pero cuando esa muerte es sembrada y cultivada por la negligencia y la irresponsabilidad de gobiernos que han convertido la ineptitud en negocio, algo muy profundo se sacude en el corazón colectivo que abajo hace andar la pesada rueda de la historia.” Y como se dijo también el pasado lunes en la ceremonia Un minuto por no más sangre, encabezada por caricaturistas y académicos mexicanos, ya son 40 mil ejecuciones, casi 19 mil levantones, más de 5 mil desaparecidos y 200 secuestros masivos de migrantes. La seguridad debe ser una garantía, no un pretexto para generar más violencia, y mucho menos la violación de los derechos humanos y universales de nuestros conciudadanos.

“Nos han matado muchas veces pero aquí estamos resucitando al país.” – Lydia Cacho

lunes, 6 de junio de 2011

Juego de niños

Puede parecer juego de niños, sin embargo, incansablemente, la mayoría de los seres humanos que habitamos este planeta, admitimos que los niños son el futuro de la humanidad y que lo mejor es brindarles las mejores herramientas y la mejor educación posible para evitar o enmendar los múltiples errores que nos aquejan hoy en día. Por lo mismo, se me hizo interesante el estudiar los planteamientos del libro Asphalt to Ecosystems: Design Ideas for Schoolyard Transformation (Del asfalto al ecosistema: Ideas de diseño para la transformación de un patio escolar), de una planeadora ambiental (más que paisajista), Sharon Danks, que en Berkeley y San Francisco, California, así como en el resto del área de la bahía, se ha dedicado a diseñar, innovar y desarrollar espacios de juego y esparcimiento para niños en escuelas y demás patios o parques infantiles. Obviamente las posibilidades de inversión para optimizar estos espacios y convertirlos en zonas saludables de entretenimiento y aprendizaje cambian de país a país y de una comunidad a otra. Sin embargo, no cabe duda que con el mismo presupuesto, nuestra inventiva debería producir más frutos que zonas abiertas de concreto con una portería o un aro de basquetbol.

Para nadie es una novedad que los tiempos y costumbres han cambiado, que nuestros padres o abuelos tenían juegos a todas luces más creativos que los nuestros y que estos no los orillaban a pasar el noventa por ciento de su tiempo adentro de la casa enfrente a alguna pantalla, llámese televisión, computadora o videojuego. El fomentar en escuelas y actividades infantiles los deportes es sin duda un buen comienzo, sin embargo, este esfuerzo es también insuficiente y limitado. De las primeras cosas que se nos podrían ocurrir, es cambiar el frecuente aspecto gris de nuestras canchas deportivas y ponerles un poco de color y naturaleza. Imaginen árboles, plantas, flores, pasto o hasta un laguito y el sin número de juegos que con estos elementos podrían inventar niños de cinco años. Imaginen la cantidad de fauna (i.e. mariposas o pájaros) que serían atraídos por un poco de vegetación y que terminarían de crear un espacio de exploración, aventura, entretenimiento y aprendizaje. Imaginen también, un laboratorio natural de experimentos y demostraciones de cómo funcionan distintos ecosistemas, y sólo a unos cuantos pasos del salón de clase (sin necesidad de gasto o podas excesivas, sino lo más natural y boscoso posible). Es importante reconocer que en una cultura en la que ya no se camina a ningún lado, los patios escolares son muchas veces la única oportunidad que los niños tienen para relacionarse con un entorno exterior que puede ser increíblemente emocionante o extremadamente rutinario.

Por qué no entonces involucrar a los mismos niños o padres de familia; no me cabe duda que los alumnos presentarían las ideas más creativas para mejorar de una manera sencilla y económica su escuela (y los padres tendrán que alejarse del miedo a que sus niños se ensucien o realicen actividades “peligrosas” = no sedentarias). Por qué no incluir también en el programa escolar un poco de agricultura o reciclaje; actividades que formen a futuros ciudadanos conscientes, sensibles e interesados en su medio ambiente. Por el momento esto sería algo que virtualmente cualquier institución educativa con un poco de iniciativa y determinación podría hacer (con vegetación y materiales locales y económicos) y que marcaría una gran diferencia en la educación y formación de futuras generaciones. Cada vez más, en países europeos y desarrollados, se integran, por ejemplo, pequeñas granjas en escuelas, aunque nos pueda parecer anticuado y fútil si queremos que nuestros hijos sean ejecutivos siempre trajeados. Y en la medida de lo posible, por qué no incentivar a que en donde exista el presupuesto y los recursos, se instalen también sistemas de energía renovable (i.e. paneles solares o tratamientos de aguas residuales), con lo que los alumnos puedan ver y experimentar de primera mano las tecnologías necesarias para nuestro presente y futuro desarrollo sostenible. No cabe duda que acciones como estas fomentarán el aprendizaje empírico, en lugar de únicamente teórico, la reconexión que tanto nos urge con nuestra naturaleza y hasta diversión.

No se puede más que fomentar que la juventud vuelva a llenarse de curiosidad y de asombro que la lleve a la necesidad de explorar y encontrar por si misma el camino al conocimiento de una manera compleja y no simplista con respuestas a medias brindadas con el sólo presionar de un botón. Aun para los amantes de lo urbano, no cabe duda que nos urge un retorno a lo rural; a la agricultura local, a no ignorar de dónde provienen nuestros alimentos, a los paisajes verdes y sustentables, y a la creación de ambientes o ecosistemas que nos brinden un poco de paz, salud y tranquilidad. Y qué mejor lugar para empezar que los lugares donde se forman los nuevos habitantes de este mundo. Así, con ayuda profesional, la creatividad de una comunidad escolar, sus capacidades y recursos, se pueden crear patios escolares ecológicos que respondan a las características y necesidades de cada locación. Esto pondría un excelente ejemplo de desarrollo, planeación y neo-urbanismo rural que podría ser replicable a más grande escala y ambición, generando así un mejor y más saludable estilo de vida para todos.

miércoles, 1 de junio de 2011

De la pesadilla a la fantasía

Últimamente se han lanzado múltiples iniciativas, bosquejos, diseños, propuestas, o como quieran llamarles (algunos afirman que son prácticamente alucinaciones imposibles de concretar), para replantear el trazo urbano de una ciudad bastante popular, o infame, según el lente con que se le juzgue; hablamos de la ciudad de Los Ángeles. En general se presentan renders (imágenes o representaciones), por parte de despachos arquitectónicos o desarrolladoras que proponen una variedad de estrategias: uso mixto, vivienda social, parques, transporte público, espacios para el peatón y el uso de bicicletas, rascacielos excelsos que contengan restaurantes, departamentos, tiendas, y oficinas, entre varias otras amenidades. Los proyectos formulados siempre intentan ser atractivos y en algunas ocasiones incluso ingeniosos al representar una lluvia de ideas que como ejercicio inicial resulta sin duda positivo. Sin embargo, sí llegan varios a representar sueños costosos para revitalizar zonas reducidas de la ciudad en lugar de genuinamente modificar algunas de las más enraizadas y malas costumbres urbanas de los angelinos.

L.A., como gusta llamarse de manera abreviada, es reconocidamente una urbe suburbana, una metrópoli sin centro o downtown, a la que le encanta extenderse, cuyos residentes en su mayoría no pueden vivir sin automóvil, y por tanto, cuyos problemas viales y ambientales suelen ser incluso más complejos que los de la capital de nuestro país, aunque nos resulte imposible el concebirlo. Para entender su extensión, podría ayudar el visualizar que la población de Los Ángeles en sí, es ligeramente mayor a los 4 millones de habitantes, comparada por ejemplo con los casi 9 millones de la Ciudad de México. Sin embargo, con área conurbana, la extensión de ambas ciudades es prácticamente la misma, alrededor de 21 millones. Así se creó entonces el sub-urbanismo en su máxima expresión; así se repitió obsesivamente un paisaje monocromático, homogéneos y falto de personalidad para la emergente clase media trabajadora norteamericana. No se puede dejar de admitir que la diversidad existe en Los Ángeles, personas viven ahí de múltiples nacionalidades, culturas e ideologías, sin embargo, es la falta de convivencia urbana la que en ocasiones hace monótona la experiencia de L.A., como en tantas otras ciudades norteamericanas centradas en el uso del automóvil (finalmente no hay mucha oportunidad de interacción sentado gran parte del día en tu coche cruzando múltiples freeways).

La monotonía puede terminar cuando uno está dispuesto a realmente experimentar las grandes contradicciones de una ciudad como Los Ángeles, y salir de su área de confort, ya sea como turista o habitante. Hacer esto es poco usual, la ciudad no se presta a que sus transeúntes lo hagan. Esto ha provocado históricamente disturbios y movimientos sociales a raíz de prácticas discriminatorias no hace más de veinte años; así Los Ángeles se ha desenmascarado como la desintegrada ciudad que siempre ha sido. La falta de estabilidad e incluso de identidad, se explican fácilmente al entender que es una ciudad que nunca ha dejado de crecer exponencialmente, hecho que ni siquiera el supuesto primer mundo ha podido controlar o proyectar congruentemente.

Hasta cierto punto, aunque es ampliamente reconocido que el transporte público de Los Ángeles es poco popular y eficiente, que poca gente trabaja y vive en la misma zona, y que esta ciudad definitivamente no es amigable al peatón por falta de seguridad y espacios o calles que faciliten el caminar en ellas, comienzan a hacerse intentos para densificar la ciudad e impulsar el transporte colectivo (aunque la suficiencia de estos esfuerzos sea cuestionable). Claro que en gran parte esto se debe a que ya hasta geográficamente no hay para donde crecer en la zona metropolitana de Los Ángeles; el límite de la ciudad quizá se ha finalmente alcanzado, sólo los años nos confirmarán esta teoría (nadie mejor que los mexicanos para saber que las colinas, aunque no idóneas, son habitables de así ser requerido). Sin embargo, sin intentar expropiar algún modelo urbano, es claro que Los Ángeles debe cambiar su carácter expansivo que genera un desarrollo perene y desechable.

Los Ángeles debe reinventarse, aunque se convierta en algo que como hasta ahora no puede ser catalogado como una ciudad común y corriente, pero sí con intensa actividad social característica de las metrópolis más poderosas y exitosas. Por qué no vivir donde uno trabaja (claro que para eso se necesita congregar en lugar de segregar); por qué no cambiar una realidad en la que ochenta por ciento de los angelinos usan su coche para ir a trabajar y recorren en promedio cuarenta kilómetros diarios; por qué no retomar el tranvía que se eliminó del centro de Los Ángeles en 1952; por qué sólo el catorce por ciento de los Angelinos viven en un centro o downtown que podría ser vibrante; por qué más del sesenta por ciento del centro está ocupado por estacionamientos y tiendas departamentales, mientras apenas un poco más del quince se utiliza para educación, salud, vivienda, transporte y espacios públicos; por qué hace cincuenta años casi veinticinco por ciento de los estadounidenses caminaban y usaban transporte público y ahora ni siquiera el ocho por ciento. Todo lo anterior son preguntas que deben hacerse, responderse y resolverse para la sustentabilidad y viabilidad del lugar que algunos llaman ‘la ciudad de los sueños’, pero que para muchos otros no es más que una pesadilla.

Hambre: Creación del ser humano

“El acto de mirar a los ojos a alguien que muere de hambre se transforma en una enfermedad del alma. Entonces uno se da cuenta que nadie tendría que sufrir por falta de alimento.”

Al leer la entrevista y el prólogo del libro de Roger Thurow, ‘Enough: Why the World’s Poorest Starve in an Age of Plenty’ (Suficiente: Por qué los más pobres del mundo mueren de hambre en una época de abundancia), no pude más que escribir bajo la influencia optimista de que el mensaje de este periodista llegue a más gente que se sienta obligada a actuar. Reportando para el Wall Street Journal el hambre mundial durante tres décadas, Thurow se centra en la historia de Etiopía donde en 1984 más de doce millones de personas padecían hambre y un millón murió por la misma causa. Fue entonces cuando el mundo prometió que algo así jamás sucedería nuevamente. Sin embargo, ahora son casi quince millones los etíopes que viven en la desesperanza por no tener qué comer. Thurow afirma que hoy más que nunca la escasez de alimentos puede ser evitada y el hecho de que aun así la gente muera de hambre, representa el mayor fracaso de la humanidad.

Como en muchas otras partes del mundo, los agricultores etíopes se enfrentan a múltiples problemáticas. Cuando sus cosechas son buenas, los mercados financieros y las políticas del país no saben manejar los excedentes de granos y los precios de tales productos colapsan, esto evita que los trabajadores puedan siquiera cubrir los costos de siembra y cosecha, mucho menos de transporte y mano de obra, lo cual los hace perder dinero y encontrarse imposibilitados a sostenerse y alimentarse. Por otro lado, también existen los años en los que la lluvia no llega, la siembra se imposibilita y familias enteras se ven forzadas a venderlo todo y aun así, la mayoría de las veces, a morir de hambre. Ante tal situación, el gobierno de Etiopía, como tantos otros, se convierte en criminal y responsable por la hambruna y muerte de su gente y por no invertir en la infraestructura y planeación rural que evite estas catástrofes, ya sea con subsidios, financiamiento, distribución de alimentos, etcétera. Evidentemente, no existe voluntad política para terminar con la hambruna que se ha esparcido en África (donde casi cincuenta millones de personas padecen hambre) y el mundo.

Puede que en Occidente, no estemos familiarizados con la extrema sensación del hambre, pero es evidente que no hay necesidad más básica que el comer; los niños hambrientos no pueden estudiar, los adultos hambrientos no pueden trabajar, la gente malnutrida no tiene resistencia alguna a enfermedades… y así se acaba el futuro de un país entero. Lo más triste es que se tienen las herramientas para cambiar esta situación, pero al parecer no la voluntad, y así seremos por siempre culpables de negligencia y criminalidad al seguir permitiendo futuras hambrunas. Así como en Etiopía existen casi quince millones de personas sin alimentación adecuada, en el mundo existe casi un billón, en pleno siglo veintiuno, y en un planeta que produce suficiente alimento para todos sus habitantes. Más espeluznante todavía, es el hecho de que estas cifras crezcan en lugar de disminuir con los años. Para ponerlo en números más pequeños que podamos más fácilmente imaginar, las Naciones Unidas calcula que diariamente mueren más de veinticinco mil personas por causa de hambre, malnutrición y enfermedades asociadas. Pero si esto nos parece cruel, aún lo es más el privarle la vida a casi diez millones de niños en lo que va de este joven siglo y de privarles de futuro a los más de trescientos millones de menores que padecen ‘hambre crónica’; niños que todas las noches se van a la cama con el estómago vacío y que por malnutrición nunca alcanzarán su completo desarrollo físico y mental.

La autodenominada Revolución Verde prometió acabar con el hambre mundial al desarrollar a finales de los sesenta la tecnología para agilizar la producción agrícola. Sin embargo, y aun cuando los países en vías de desarrollo suelen tener mucho más potencial para la agricultura que los países desarrollados (con la excepción quizá de Estados Unidos), el hambre se ha incrementado, los precios de los alimentos se han elevado y nuestras reservas naturales se han extenuado. Esto evidentemente tiene mucho que ver con los estilos de vida y patrones de consumo de los ricos de este planeta. Por otro lado, los desiertos se expanden, los lagos se secan y el cambio climático amenaza con complicar el crecimiento de cultivos básicos alrededor del mundo. Entonces nuestras predicciones se vuelven todo, menos alentadoras, e incrementan la proyección de malnutrición en el mundo en los siguientes años. Bajo este criterio muchos creen que el hambre, como la pobreza, es inevitable y que siempre estará con nosotros; la ponen prácticamente en la categoría de desastre natural; la señalan como herramienta de control político o como consecuencia de una guerra o conflicto social (situaciones que en teoría siempre estarán presentes). Probablemente parte de estos razonamientos son ciertos; siempre habrá dictadores impíos a los cuales no les interese el bienestar de su gente y siempre habrán desastres naturales que pongan en peligro la seguridad de la humanidad. No obstante, debemos estar conscientes que gran parte del hambre que se padece en el mundo es una catástrofe causada por el hombre, causada por decisiones erradas, por individuos, economistas renombrados, políticos, instituciones y gobiernos megalómanos o sin visión acertada.

Probablemente, el ejemplo más significativo de lo mencionado anteriormente son los subsidios agrícolas que brinda Estados Unidos a sus productores, los cuales se han convertido en un exceso que inhabilita a granjeros de otras partes del mundo a competir, hecho que los hunde en la pobreza extrema en lugares como el África Subsahariana y Latinoamérica. Peores aún son las intenciones de las famosas instituciones financieras internacionales, controladas en gran parte por los Estados Unidos y países poderosos de Europa que les prohíben subsidiar a países Africanos y subdesarrollados su agricultura si quieren recibir préstamos (a quién le gusta la competencia; en particular no a los avaros, ricos y poderosos). Con lo anterior se les provee a los países pobres de una curita para la herida mortal que es la pobreza, enriqueciendo así a la industria y los negocios de los poderosos. Ejemplo claro es la ‘ayuda’ de quinientos millones de dólares (en préstamos con altos intereses obviamente) que le dio Estados Unidos a Etiopía en granos crecidos en Norteamérica para alimentar a los pobres de este país, en contraste con los cinco millones que le dio para desarrollo agrícola que prevendría de manera más eficiente el hambre de este país africano.

Es claro que si estas decisiones son humanas, las catástrofes provenientes de ellas son prevenibles por el ser humano también. Más allá de donar dinero, se necesitan personas informadas y bienintencionadas que aboguen por reformas políticas e internacionales que eviten la CREACIÓN HUMANA de la pobreza y el hambre. Se necesita reconocer y rectificar las decisiones egoístas y utilitarias, los errores, la negligencia, y toda acción que tuvo como consecuencia la hambruna de la mayoría de la humanidad. Se necesita cerrar el capítulo de la historia de la humanidad en la que se vivieron múltiples oportunidades perdidas, guerras y buenas intenciones, que han dejado hoy por hoy a la humanidad más hambrienta que nunca y al mundo entero lleno de dolor y desesperanza. El libro de Thurow es un relato del egoísmo e hipocresía del llamado primer mundo, de la torcida y supuesta ayuda alimentaria, de la geopolítica neocolonial, del determinismo político que dicta que para que algunos países prosperen otros deben morir de hambre, del fracaso del actual modelo económico, entre tantas otras historias. Y así concluye optando por una política con sentido común que acabe con la pobreza y alimente a su pueblo.

jueves, 26 de mayo de 2011

¿Trabajo o sentencia de muerte?

Una vez más se nos llenan de lágrimas los ojos y de rabia las entrañas al solidarizarnos con el dolor de los familiares de los mineros muertos y sepultados en la mina de carbón de Sabinas, Coahuila. Sin medidas de prevención, con contrataciones de menores, sin seguro social, con pésimas condiciones laborales, sin seguridad, etcétera, nuestras autoridades siguen solapando condiciones ínfimas de trabajo para el enriquecimiento inmoral de algunos cuantos. Dicha situación nos obliga, desafortunadamente, a vaticinar más muertes de trabajadores en yacimientos mineros mientras nadie tome responsabilidad del asunto, llámese empresarios, secretaría del Trabajo o Economía o gobiernos locales y federales. Lo más triste es que probablemente nadie salga sancionado por estos actos prácticamente criminales; ni la minera Beneficios Internacionales del Norte (Binsa), ni sus dueños, ni nuestras autoridades. Una vez más con un nudo en la garganta recordamos Pasta de Conchos, una vez más nos damos cuenta de la inhumana explotación en la que viven muchísimos mexicanos y de la gran ineptitud e inmoralidad de gran parte de nuestra clase empresarial y de nuestros gobernantes.

Se nos presenta una vez más, una realidad de completa inequidad e injusticia en nuestro país. Algunos de nuestros conciudadanos se vieron con la extrema necesidad de obtener un trabajo, sin importar sus condiciones, si era a destajo, sin importar si el que tiene que trabajar es un niño, sin importar si con dicho trabajo arriesgaban su vida, sabiendo que si algo les pasaba nadie respondería por ellos, a sabiendas de no tener derechos laborales (al menos de facto), trabajando en una mina prácticamente clandestina, recordando que en este país hace mucho se olvidó el significado de la palabra justicia. No importó que algunos mineros hubieran detectado una presencia alarmante de gas metano en Sabinas, o que hace un par de semanas un trabajador se hubiera intoxicado a causa del mismo gas proveniente del pozo de carbón cuyo estallido le ha quitado la vida a varios de sus compañeros. La empresa concesionaria no hizo nada al respecto, al parecer una tonelada de carbón no tiene precio, pero algunas vidas humanas sí.

Las medidas de prevención que debieron haber sido tomadas diariamente por la presencia simultánea y característica de gas metano y carbón en un mismo yacimiento no sucedieron. Pero no nos engañemos, las pésimas condiciones que existían en la mina de Sabina se multiplican día con día en el estado de Coahuila como en otros más. Podrá el secretario de Economía culpar al del Trabajo y viceversa, o el gobernador de Coahuila al gobierno federal, o argumentarse que existen vacíos legales en la materia, o decirse (en nombre de la “honestidad” = mediocridad) que los pronósticos no son esperanzadores, así es como al final del día nadie es culpable. Clandestinas o no, autorizadas o no, las minas en nuestro país representan el carácter delictivo e inepto de nuestros funcionarios públicos que continúan enriqueciendo sus intereses a costa de la miseria y de la vida de los mexicanos. Aunque no de todo nos enteremos, más de cien mineros han fallecido en el último lustro en Coahuila; sólo en las minas de carbón más de setecientos trabajadores han muerto en México en los últimos veinte años. Pero una vez más, ¡felicidades!, porque somos el productor número uno de plata en el mundo, ¡qué orgullo! Mientras tanto que Felipe Calderón ore por un milagro, seguro eso ayudará mucho más que el correcto actuar diario de nuestros gobernantes.

No, los rezos no sirven de nada cuando somos irresponsables y deshonestos; cuando para las casi seiscientas minas de carbón en Coahuila sólo existen tres inspectores de seguridad, que además y obviamente se encargan de otros sectores productivos, ante todo el ahorro donde más se necesita. Aparte, ¿imponer medidas de seguridad, inspeccionar, aplicar normas? Pero cómo, si nuestra clase empresarial es intocable. ¿Seguir estándares internacionales, rescatar heroicamente a nuestros trabajadores como se hizo en Chile? Pero para qué, no es redituable. Por eso nuestra Procuraduría General de la República es muy bien portada, y sólo apunta dedos cuando así se le indica y preserva la impunidad cuando es necesario para el bien de los poderosos de nuestra nación. Y así, de 32 minas inspeccionadas, diecisiete de ellas fueron suspendidas (de palabra), pero ninguna cerró realmente; sólo una de catorce empresas donde se solicitaron exámenes médicos para los trabajadores mineros cumplió con la amable petición (no se nos vaya enojando algún empresario); sólo dos de veintiún empresas mostraron sus medidores de gas metano; de 277 concesionarios de carbón mineral, sólo veinticuatro tienen a sus trabajadores registrados en el IMSS. Cómo no quebrarse en llanto, cómo contener el nudo en la garganta ante tal realidad. Cómo, cuando no se hacen auditorias, cuando no se señalan responsables, cuando la supervisión laboral es inexistente en nuestro país, cuando los empleos dignos en México son casi inexistentes, cuando peligran menores de edad en minas por “trabajar”; cómo, cuando no se evita la muerte.

No podemos más que exigir que esta realidad cambie, que se apliquen las medidas necesarias para garantizar la vida e integridad humana y ambiental. No podemos seguir permitiendo que las condiciones laborales en nuestro país sean indistinguibles a las de la esclavitud. Nuestra lógica económica nos ha llevado a depredar nuestros recursos naturales y humanos, este modelo económico es a todas luces insostenible. No podemos preservar una política económica que lleva a la pobreza extrema a la gran mayoría de nuestra población (con o sin trabajo). Dónde quedó el respeto a la vida humana, o es que ya sólo existe el instinto de supervivencia política; pues entonces ya está, la sociedad civil puede dejar de sostener a la clase política el día que así lo decida y hasta que la misma realmente cumpla con su responsabilidad social. Ha sido larga la espera en los últimos días y mucha la zozobra y desesperanza de los familiares y amigos de los mineros sepultados en Sabinas a principios de este mes; inimaginable su dolor por más que nos mostremos solidarios. No podemos más que honrar el recuerdo, la vida y la muerte de los mineros fallecidos en Sabinas, así como de los de Pasta de Conchos, con debate y acción profunda y cuidadosa acerca de la situación minera en nuestro país. No podemos olvidar que la sustentabilidad no es sólo ambiental, también debe ser social.