martes, 12 de abril de 2011

La gran carrera

Con el apoyo de algunos países en particular, como Bélgica y Noruega, así como con la severa crítica de instituciones inglesas, entre otras, e incluso de ambientalistas, la Comisión Europea y el comisionado de transporte de la Unión Europea, Siim Kallas, elaboraron la iniciativa: Plan de trabajo para lograr la unificación del transporte europeo – Con el objetivo de lograr un sistema de transporte competitivo y eficiente. Uno de los componentes más significativos de dicho propósito, y por supuesto el que más llamó la atención de los medios y provocó el enojo de distintos entes públicos y privados, fue la propuesta de eliminar los vehículos convencionales que usan gasolina y diesel en las ciudades europeas para el 2050. Intereses privados por un lado y quizá la falta de una lectura cuidadosa del documento por el otro, propició que algunos activistas tacharan de insuficiente dicha propuesta. En lo personal le encuentro en su mayoría aspectos positivos a la misma, salvo la posibilidad de su realización que depende de múltiples gobiernos y entes privados y poderosos.

Resulta difícil pelear contra el argumento de crear financiamiento que promueva infraestructura y sistemas de transporte sustentables, limpios, tecnológicos, modernos y competitivos que modifiquen el comportamiento y las costumbres auto-céntricas del ciudadano promedio. Los resultados positivos realmente son interminables. Se podría acabar con la dependencia del petróleo, recurso no renovable que seguramente escaseará en algún par de décadas y que en su haber ha creado uno de los sistemas de especulación más avaros y una dependencia que impacta en temas como la inflación, la balanza comercial y la competitividad económica de distintas regiones del mundo de maneras muy negativas. Por supuesto, otro de los grandes beneficios de que se concrete y lleve a cabo dicho proyecto en la Unión Europea sería el reducir en porcentajes muy significativos las emisiones de la región y del mundo; todos sabemos que el automóvil es una de las más grandes causas de contaminación ambiental. Pero esto no significa que la movilidad y eficiencia deben sacrificarse, sino todo lo contrario. El integrar las redes de transporte de la UE creará competitividad y prosperidad económica a nivel regional; así como el promover la inversión en infraestructura sustentable y eficiente reactivará economías mediante la creación de trabajos y la modificación en la movilidad de personas y mercancías.

La iniciativa es por supuesto compleja, radical y ambiciosa pero parece tener una visión en la dirección correcta. Sin tener resueltos todos los aspectos de la misma que tendrán que irse analizando en los próximos años y décadas, existen ya lineamientos claros de acción. Una transformación del sistema de transporte europeo sólo será posible a través de múltiples iniciativas a todos los niveles. Es evidente que sin el mandato de los distintos gobiernos que conforman a la Unión Europea y la cooperación de la iniciativa privada las cosas no funcionarán; ya que se requiere de un cambio profundo en sistemas de transporte y de tales legislaciones es que podrá surgir un cambio real de cultura ambiental. Ante la falta de determinación gubernamental o privada, tendrán los pueblos de cada nación que demandar justicia, no sólo social, sino también ambiental para futuras generaciones.

Qué se propone entonces. Innovación tecnológica es el fundamento de dicha estrategia, la producción e impulso de energías alternativas (eléctrica, combustión interna mediante hidrógeno, etanol, biodiesel, aire comprimido, gas natural comprimido, propano…) será esencial, así como la creación de transporte innovador en términos de reducción de CO2 e incremento en su eficiencia. Aquí es importante darse cuenta que aunque uno de los principales goles es eliminar gradualmente el uso de vehículos que utilicen gasolina, se plantea una propuesta integral que también reduzca emisiones de transporte marítimo y aéreo usando combustibles alternativos y aumentando el uso del tren (triplicando el volumen de la red europea de ferrocarril de alta velocidad para el 2030) y del transporte público. Continuando con acciones concretas, se plantea que el fomento de coches eléctricos y distintas acciones paralelas sean premiadas y promovidas mediante incentivos fiscales. También se asegura que deberá haber cálculos y parámetros estrictos y establecidos que midan la eficiencia y sustentabilidad de vehículos y combustibles, así como regulaciones y acuerdos con distintos mercados mundiales fuera de Europa con el fin de promover acciones e intercambios sustentables.

Podrá en el transcurso de dicho proceso argumentarse, como se hizo en el Reino Unido, que estas decisiones deberán ser tomadas por cada país y ciudad en base a sus necesidades, en lugar de como un acuerdo conjunto. Sin embargo, la Comisión Europea admite, que aun con estándares superiores a los de la mayor parte del mundo, su sistema de transporte en términos generales no es sustentable y que bajo los estándares y costumbres actuales la dependencia al petróleo de dicha región en las próximas décadas no bajará de un noventa por ciento. Esto colocará al uso de energías renovables en el mejor de los escenarios en diez por ciento y las emisiones de CO2 provenientes del transporte permanecerán un tercio más arriba que en 1990. La Unión Europea suele ser mucho más responsable en términos de sustentabilidad y justicia social que el resto del mundo. Es probablemente por esto que se está reconociendo que se requiere fuerte cooperación internacional para aliviar problemáticas globales como la del transporte y el medio ambiente. Se sabe que la gente y los bienes no dejarán de transportarse, pero deben reconocerse las limitantes ambientales y de nuestros recursos naturales. Ojalá el mundo entero viera a la movilidad sustentable como una carrera a nivel global en la que acciones cortas y a destiempo podrán condenar al mundo a un declive irreversible. Veremos en los próximos años si la UE decide plantarse en la cúspide de la vanguardia una vez más.

Ciudades Rurales Sustentables, control y neocolonialismo

Solamente el título, de Ciudades Rurales Sustentables, atrae atención y nos hace pensar en un proyecto positivo. De este modo, Felipe Calderón Hinojosa, promociona dichas ciudades en estados como el de Chiapas, junto con gobernantes como Juan Sabines, como contenedores de escuelas, clínicas, viviendas, espacios públicos, servicios básicos, invernaderos, granjas avícolas, complejos cafetaleros y fábricas ensambladoras. Sin embargo, el contenido comienza a causarnos dudas y nos pone a pensar acerca de problemáticas que podría contener este designio (¿alguien pensó en fábricas-maquiladoras?). Es cierto que por un lado existen argumentos fuertes que indican que la dispersión poblacional es una de las principales causas de la pobreza, mismos que aseguran que las CRS brindan una solución para mejorar la calidad de vida de varias comunidades en supuesta fragilidad territorial. Sin embargo, existen varias razones para pensar que la creación de estos núcleos urbano-rurales podría tener motivos alternos y alejados a la sustentabilidad y el bienestar social. ¿Podrá ser el querer controlar a ciertas comunidades indígenas? ¿Habrá intereses privados e internacionales en juego? Estas y otras preguntas deben hacerse y responderse para evaluar correctamente estos proyectos de carácter federal, estatal y privado.

Los primeros proyectos de esta naturaleza, comenzaron en México desde el 2007 en el estado de Chiapas, en las comunidades de Santiago El Pinar y Nuevo Juan de Grijalva. Con el objetivo de concentrar poblaciones dispersas en un núcleo semiurbano, o semirural, como guste verse, se proponían atractivamente espacios para el desarrollo integral con oportunidades económicas y que favorecieran la conservación y el uso racional de los recursos naturales. Algunos de los entes privados que han apoyado tal iniciativa del estado mexicano (que suele privilegiar los intereses privados sobre de los públicos y generales) son Fundación Azteca, Telmex y Wallmart, empresas con trayectoria en proyectos humanitarios en teoría pero que han dado muestra de rapacidad en múltiples y diversas ocasiones. Por tanto, no sorprende el resultado. Se prometieron servicios de agua, drenaje, energía eléctrica, alumbrado público, drenes pluviales, tratamiento de aguas residuales y potabilizadoras, en fin, mucho más allá de los servicios básicos y gozados por el mexicano promedio. Obviamente, la promesa no fue cumplida en su totalidad, pero lo que es peor, los servicios que sí han sido instalados resultan obsoletos para una población que no puede pagarlos.

Comunidades realmente autosustentables, con muchas carencias sin duda, que cosechaban o pescaban sus propios alimentos ahora no pueden adquirir si quiera lo elemental para alimentarse, no les alcanza. La vitalidad económica que se había prometido es inexistente, y se limita, en el mejor de los casos, a trabajos temporales, mal pagados e insuficientes para las poblaciones reubicadas. La gente que tenía desde hace siglos sus tierras y vivía de eso, ahora se encuentra imposibilitada y sin espacio para subsistir. Se argumenta que se quiere dar la posibilidad de una vida digna para diversas comunidades indígenas, sin embargo, pareciera que quiere sometérseles al sistema capitalista, al cual se le podrían argumentar algunas cualidades, pero la sustentabilidad hasta la fecha no ha sido realmente una de ellas. Pareciera entonces que se quiere más bien construir traspatios “productivos”. Pero para qué o para quién. De la agricultura se quiere pasar a la agroindustria y servir a trasnacionales como Starbucks al proveerles de café y mano de obra barata. Por qué no mejor proponer reformas que realmente protejan y reactiven al sector rural y campesino mexicano, en lugar de quitarles el control a las comunidades indígenas y campesinas de sus modos de producción.

Existen, claro, más fallas documentadas en las llamadas CRS, como viviendas con goteras, construidas con materiales baratos e inadecuados para las condiciones del lugar, reducidas y sin espacio para sembrar (para que mejor vayan y compren al super fruta y verdura de California, carne de Texas o demás pseudo-alimentos gringos). Del mismo modo, las clínicas construidas carecen la mayoría de las veces de luz, medicamentos, médicos, en realidad, de servicio médico en general. En las escuelas no se dan clases de tiempo completo, como se había prometido, ¡y los desayunos escolares se cobran! ¿Qué se pretende, quién se beneficia? Por qué se quiere modificar, destruir y controlar un modo de vida y prácticas que todos sabemos son más sustentables que las modernas y occidentales. Será que estas comunidades se vislumbran como obstáculo para transnacionales que saben que habitan sobre yacimientos mineros y por eso quiere reubicárseles y crear un proyecto de despojo. Las genuinas y buenas intenciones son difíciles de creer cuando se sabe que los spots para publicitar estas CRS consisten en un tercio del gasto proyectado para construir 27 ciudades rurales.

Y entonces, al descubrir negras intenciones, con la piel chinita recordamos cuando la corona española reubicó a comunidades indígenas en áreas reducidas que se convirtieron en pueblos o ciudades coloniales, lo cual fortaleció el poder del imperio sobre poblaciones dispersas y potencialmente rebeldes. O cuando se modelaron aldeas en Guatemala en medio de una guerra civil, reubicando a miles de indígenas como estrategia contrainsurgente. Entonces, parece que aparte de controlar, estas estrategias pretenden formar un sistema de integración y producción forzosa de campesinos e indígenas para servir a intereses capitalistas y sectores dominantes. Será que comunidades realmente exitosas y sustentables, tanto ambiental como socialmente, como los caracoles zapatistas representan una amenaza al estado. De qué otro modo explicar el intento de aculturación y el despojo de tierras y modos de vida. Los caracoles, en cambio, representan una alternativa concreta, donde comunidades, denominadamente dispersas, promueven día a día el desarrollo de sistemas autónomos de salud, educación, producción, etcétera. Suena idealista y utópico, pero es real. Este intenso proceso de desarrollo no pretende ni contiene en si la lógica acumulativa del neoliberalismo, y mucho menos la devoradora y destructiva naturaleza en contra del medio ambiente y el ser humano. Al mismo tiempo, dichas comunidades por supuesto que existen como un obstáculo a varios proyectos de plantaciones intensivas, autopistas que devoran paisajes enteros, industrias que dañan al medio ambiente… infinidad de designios basados en el injusto intercambio de bienes y servicios.

Por consiguiente, un adulto mayor entrevistado en Santiago el Pinar, se dice muy triste ya que ha visto en un par de años desaparecer sus campos, milpas y platanares, pero peor aún, su manera de vivir. Con qué autoridad moral pensar que se puede enseñar de sustentabilidad a culturas que han estado arraigadas a sus tierras por siglos, que las respetan, las cuidan y las han mantenido vivas y saludables a través de los años. Es cierto que desde un punto de vista urbano se privilegia la densidad; ciudades compactas en contra de suburbios desparpajados. Es cierto también que el implementar servicios en zonas con poca población es una tarea difícil y costosa. Sin embargo, no estamos hablando de ciudades, sino del campo mexicano, uno que tendría que ser auxiliado para permitir el desarrollo de nuestro país, no el desarrollo rapaz, ni internacional, sino el local y el de cada una de las comunidades que habitan en él. No puede permitirse que se recurra a un campo y a poblaciones indígenas relegadas y olvidadas por años, decenios y siglos, solamente para saquearlos y despojarlos. No podemos olvidar tampoco, que la sustentabilidad no sólo significa responsabilidad y cuidado al medio ambiente, sino también hacia la raza humana. Qué corazón tienen los que no pueden solidarizarse con sus hermanos y anteponer el bien de su nación al enriquecimiento de corporaciones internacionales.

sábado, 2 de abril de 2011

Laguna Verde, debate y acción urgente

Como ya hemos comentado, no cabe duda que el terremoto acontecido en Japón el 11 de marzo pasado conmocionó al mundo entero, así como ha hecho reflexionar a comunidades y naciones, a distintos niveles: ciudadano, empresarial y gubernamental, entre otros. La consecuente situación nuclear en Fukushima también ha generado debates e incluso acciones concretas de distintos estados y países para prevenir futuros desastres en distintas regiones. El debate es generalmente apasionado por parte de entes privados, activistas y agentes gubernamentales; muchas estrategias o propuestas han surgido del mismo, así como el reconocimiento de aspectos positivos y negativos de la energía nuclear. Consecuentemente, resulta inaceptable que en México no surja con tal intensidad dicho debate; comienzan a existir declaraciones del sector académico, pero mucho menos, como es de esperarse desafortunadamente, del gobierno e instituciones afines. Su discurso se reduce, en el mejor de los casos, a la negación.

Los temblores o terremotos no son una ocurrencia extraña en distintos puntos y regiones del país. Por un lado podría hablarse de la Ciudad de México y de lo dudosamente preparada que estaría la capital para un terremoto de gran magnitud. Ya de por sí se padecen estragos diarios en el Distrito Federal por hundimientos y grietas generados, entre otras cosas, por la extracción excesiva de agua de subsuelo. Más aun, no lejos de la capital del país, aproximadamente a 250 kilómetros (escalofriantemente la misma distancia de Fukushima a Tokio), se encuentra Laguna Verde en Veracruz con reactores nucleares de la misma marca y diseño que los recientemente averiados en Fukushima Dai-ichi. La región y los reactores de Laguna Verde se encuentran cercanos al mar y en zona históricamente sísmica, que aún cuando no ha registrado temblores mayores a 6.5 grados en la escala de Richter, requiere de medidas preventivas especiales.

No obstante, se afirma que la ocurrencia de un tsunami que afectara a esta única planta nuclear en México es altamente improbable ya que la misma se encuentra en una plataforma continental. Sin embargo, se aseguraba que muchos acontecimientos ocurridos en Fukushima nunca sucederían: que un terremoto o tsunami jamás estropearían una central nucleoeléctrica, que nunca saldría material radioactivo de las albercas donde se almacena el mismo, etcétera. Más aparte, la zona donde se encuentra Laguna Verde es una de abundantes lluvias y huracanes, lo cual también representa una amenaza y provoca constantemente que los caminos de evacuación sean difíciles de transitar, aun cuando la población viviendo en dicha zona en un radio de dieciséis kilómetros es de alrededor de tres mil personas y por tanto menor a la circundante a Fukushima. Pero debe aceptarse que así sea una o un millón, no puede jugarse con el futuro de vidas humanas.

Ante esta realidad, se ignoran las recomendaciones de científicos de la UNAM, que aseguran que los reactores tienen un diseño defectuoso y que un accidente afectaría desde el norte del país, al estado de Nuevo León, hasta el sur, en Chiapas y Tabasco, obviamente incluyendo la basta población de la capital del país y zona conurbana. Pero tal parece que las recomendaciones de suspender actividades y buscar otras opciones para producir energía, que sustituyan el tres por ciento que aporta Laguna Verde en términos de electricidad, tienen a los políticos sin cuidado. En su calidad evidente de no expertos en el tema, certifican, acreditan y aseguran que las condiciones de Laguna Verde son absolutamente diferentes a las de Fukushima y que los veracruzanos y mexicanos pueden estar tranquilos porque el gobierno federal, la Secretaría de Energía y la CFE tienen todo bajo control. Podemos estar confiados de que mientras países líderes en energía nuclear como Alemania, España, China y Estados Unidos, declaran moratoria en las centrales nucleares del tipo, nuestros estándares de calidad son superiores a los de Japón, una de las naciones más poderosas y tecnológicas del mundo, sí, aha, seguramente.

Se espera entonces que se apruebe la Estrategia Nacional de Energía en abril del 2012, para que hasta entonces las autoridades analicen a fondo la situación y determinen si la producción de energía nuclear resulta conveniente o inconveniente. Ok, aquí los esperaremos mientras tanto, un añito, qué puede pasar. Es cierto, el uso de energía nuclear produce mucho menos CO2 que los combustibles fósiles, por lo que constituye una energía más limpia a producir. Claro que nos gustaría que nuestro país estuviera a la vanguardia en el tema, y que de una manera segura pudiera producir este tipo de tecnologías que nos ayudaran a cumplir los compromisos asumidos para reducir gases de efecto invernadero. Desafortunadamente este no parece ser el caso, y aunque lo fuera, es evidente que el camino correcto a seguir es la producción de otras energías alternativas, limpias y mucho más seguras, como la solar o eólica.

Para su integral desarrollo y futuro viable, es claro que un país debe apostarle a la diversidad en producción de energía. Solamente con proyectos de este tipo se respaldará la soberanía, el futuro y la seguridad energética de México. Es interesante observar proyectos provenientes orgullosamente de nuestra máxima casa de estudios, la Universidad Nacional Autónoma de México. En días recientes se inauguró el Laboratorio Nacional de Sistemas de Concentración Solar y Química Solar, el primero en Iberoamérica. Dicho laboratorio se encuentra en el Centro de Investigación Energética de la UNAM con el afán de generar energía eléctrica para uso doméstico e industrial (i.e. procesos de tratamiento o potabilización de agua), y suficientemente poderosa para fundir en segundos placas de acero al carbón. No deja de impresionarnos lo que con su presupuesto cada vez más corto ha ido logrado esta institución, así como de indignarnos el pensar lo que podría ser de nuestro país si se le diera el apoyo necesario a estos temas e instituciones.

Oportunidad Histórica

Hace un par de días se anunció el programa de repoblamiento del Centro Histórico como parte de la revitalización del mismo, que se ha enfocado en cerrar calles al uso del automóvil para convertir su uso en exclusivamente peatonal, la adición de dos líneas más de Metrobús que pasan por puntos estratégicos del Centro, incrementar el alumbramiento y repavimentar las calles aledañas al Zócalo capitalino que así lo requieran, etcétera. El plan de repoblamiento, promovido por la Asociación Mexicana de Profesionales Inmobiliarios (AMPI), consiste en ampliar y acondicionar el número de inmuebles en existencia para ocupar, ya sea rentando o comprando en el centro y corazón de la ciudad. Se dijo que hasta el momento, las viviendas disponibles y listas para ocupación eran casi cuatrocientas para habitar a más de mil personas de distintos estratos sociales, ya que las rentas, por poner un ejemplo, oscilan hipotéticamente entre dos y treinta mil pesos. Por tanto, “Vivir en el Centro”, como se autodenomina dicho proyecto, suena como una excelente idea para rescatar una zona del Distrito Federal que se empezaba a despoblar y por lo mismo a presentar distintos conflictos y dilemas urbanos y cotidianos como el de la inseguridad. Con el interés y genuino compromiso y asistencia del gobierno capitalino podría pensarse que tal objetivo no tiene posibilidades de fracasar.

En términos de sustentabilidad dicho proyecto no podría ser más oportuno. La idea es promover la vivienda en una zona autosustentable (donde una persona puede vivir, trabajar, recrearse, etc.) y que minimice al máximo los traslados largos y característicos de la Ciudad de México. Quien conoce la zona que reside entre La Alameda-Bellas Artes y la plancha del Zócalo con su imponente Catedral y alrededores, tendrá que admitir que fuera del número excesivo de personas que concurren en ocasiones en dicho lugar, el recorrido de un punto a otro es más que sublime. Mas aparte, la mitad del proyecto o planteamiento ya está solucionado, en esta área se encuentran comercios, restaurantes, bares, oficinas, museos… prácticamente de todo. Podría inclusive plantearse, que alguien viviendo en esta zona y con una cultura ciudadana mínimamente responsable, podría fácilmente prescindir del automóvil (no hay nada más disfrutable que caminar por el Centro y nada más insufrible que pasarlo por automóvil en hora pico). La problemática comienza, cuando fuera de un par de noches en fin de semana, la vitalidad de este hermoso recinto desaparece casi completamente en horario nocturno, muy poca gente vive o transita en sus calles, las cuales en respuesta se vuelven solitarias e inseguras. A eso debe sumársele el prejuicio proveniente de los flancos que rodean a las calles principales del Centro Histórico capitalino: los barrios de La Lagunilla al norte, Tepito y la colonia Morelos al noreste, La Merced al sureste y la Doctores al suroeste; barrios bajos, zonas históricamente relegadas e inseguras, sectores informales, o como quiera llamárseles.

En gran parte, es esta periferia la que aviva al Centro de la ciudad, así sea en gran medida con labores informales, y es la misma que no puede dejarse atrás en este proyecto. Aun teniendo varios aspectos positivos, debe evitarse el repetir el repoblamiento y la revitalización aburguesada que se dio sobre Reforma. La transformación urbana de esta legendaria avenida tiene muchos puntos efectivos a replicar; ha sido una revitalización basada en la mezcolanza de actividades, la sofisticación del transporte público y la creación de una cultura que se ha ido desprendiendo del automóvil y retomando prácticas no sólo más sustentables sino también más eficientes. Por lo mismo, su vitalidad y desarrollo económico crece día a día. Lo mismo pasa en zonas como la Condesa, la Roma o Polanco, cuyas estructuras comienzan a fallar precisamente por la congestión y el uso indiscriminado del automóvil. También debe reconocerse que tales colonias siguen privilegiando a los sectores opulentos de la sociedad, aun cuando se cuelen, como en todo México, los empresarios informales a ganarse la vida en algunas esquinas lujosas.

Por lo contrario, el Centro Capitalino tiene una oportunidad histórica de romper con tal paradigma. No debiera permitirse que las rentas que se anuncian a dos mil pesos se encuentren solamente en las calles inseguras o en los barrios donde prevalece la inseguridad, las construcciones deterioradas, problemáticas con los servicios básicos, etcétera. El desarrollo en los próximos meses de la situación en el Centro Histórico es muy delicado. Debe por supuesto trabajar el gobierno capitalino en el acondicionamiento de dichas áreas para ofrecer una vida digna a sus habitantes. Sin embargo, hemos vislumbrado a nivel mundial efectos adversos en ciudades como Londres o Nueva York, que cuando esto sucede, el valor de las propiedades se incrementa, desplazando así a los pobladores humildes que ya no pueden pagar rentas elevadas. Un gobierno de izquierda no puede permitir dicha situación y debe proteger a toda costa a dichos inquilinos. También podríamos confiar en el coraje característico de los pobladores de los denominados barrios bajos, que difícilmente permitirían que se les desplazara. Esta es la oportunidad de comprobar (como se ha hecho en algunos países europeos como Alemania) que el forzar, ya sea por factores económicos, políticos o sociales, que distintos estratos sociales vivan aislados, debilita enormemente el tejido social de una ciudad o país, incrementa la brecha entre ricos y pobres, resulta insostenible ambiental y socialmente… ultimadamente, conlleva a fracturas que con el tiempo resultan insostenibles y evitan el saludable desarrollo y progreso de una nación.

martes, 29 de marzo de 2011

En sentido contrario a la sustentabilidad y el desarrollo

La mayoría de los zacatecanos sabemos varias penosas realidades del proyecto denominado Ciudad Gobierno. Que constituye una obra millonaria y costosísima al bolsillo de los habitantes de esta entidad, que ha retrasado su ocupación total por falta de presupuesto para equiparla, que ha implicado un endeudamiento colosal, que se han encontrado ya varias fallas de diseño y construcción, que es un monumento al derroche proveniente de un gobierno que duplicó su aparato burocrático en su sexenio, que propició una serie de negociaciones turbias en su desarrollo… y la lista sigue. Por otro lado, es muchas veces presumido su proyecto madre, Ciudad Argentum, como seductor de inversiones privadas y detonador de desarrollo económico y urbano. Sin embargo, ambos son más un concepto que una realidad; no por ver edificios construidos se puede asumir que el proyecto de Ciudad Gobierno esté finalizado, ni por escuchar que Ciudad Argentum es un proyecto sustentable y positivo podemos asegurar que así será.

Ambos proyectos están fundados en el concepto de las ciudades satélites; ejemplos similares, al menos en concepción, son Angelópolis en Puebla y Santa Fe en la Ciudad de México. Dichos proyectos afirman estar fundados en el interés de generar empleos, acrecentar el desarrollo comercial, atraer inversiones, dar ordenamiento a las ciudades en donde se desarrollan, etcétera. No obstante, tales desarrollos resultan más bien en la creación de zonas de exclusión, espacios privados y controlados, centrados en el uso del automóvil, y en donde la gente que provee servicios, como el de limpieza, o enfermos visitando el sector salud, se enfrentan con dificultades enormes para transportarse de sus hogares a sus empleos o destinos.

Por tanto, en temas de sustentabilidad, tanto Ciudad Gobierno, como su más grande extensión, de Ciudad Argentum, fallan en varios aspectos. La Ciudad de Plata, por significar argentum plata en latín, afirma ser un proyecto sustentable que incluirá áreas verdes y usos mixtos. En inicio este planteamiento resulta positivo. Sin embargo, es ya claro que sustentable, al menos así como está planteado, no será. El proyectar un campo de golf privado en una zona semidesértica no califica ni como área verde, mucho menos sustentable y obviamente tampoco como área pública que sería lo ideal y necesario en nuestra capital. En Ciudad Gobierno se proyectó la creación de cuatro plazas: La Quemada, Santa Mónica, Altavista y Zacatecana. Algunas de ellas podrán existir en teoría, por ser espacios abiertos con alguna escultura o arbusto que dará sombra en algunas decenas de años. Sin embargo, las imágenes de diseño que planteaban la congregación de personas en ellas son claramente un engaño que no se concretará, ya que el miope diseño arquitectónico no supo de manera simple generar espacios confortables para que trabajadores, visitantes, enfermos, etcétera, los pudieran utilizar.

Por otro lado, como habíamos brevemente mencionado, otro factor de terrible falta de sustentabilidad, es que estos desarrollos tengan una visión centrada en el automóvil y no en el peatón. Vasta recalcar que en Ciudad Gobierno no existen ni las banquetas. Caminar de uno de los pocos edificios que funcionan a otro es toda una odisea, como cruzar un desierto, ni una sola sombra. Habría que imaginar los trayectos de las personas que llegan en rutas y sin automóvil. Es de recalcar que el uso de tecnologías verdes en la construcción de edificios no es suficiente para llamarse sustentable. El diseño arquitectónico y urbano simple y económico, es muchas veces más fructífero que un techo verde o unos paneles solares (que son costosos y deben usarse como complemento a un diseño responsable).

El fundamento de atraer usos mixtos en Ciudad Argentum (comercial, habitacional, corporativo, laboral, gubernamental, educativo, recreativo) es bueno. Sin embargo, a tiempo de concretarse, resulta insuficiente cuando se debilita con una planeación urbana que plantea extenderse sin estrategia o razón, sin un sistema adecuado de transporte público, sin la creación de espacios públicos e incluyentes, etcétera. Como adición, el proyecto presentado en Zacatecas utiliza el argumento de que con esta ciudad satélite se lograrán conservar los inmuebles históricos del centro sin afectarlos o modificarlos al ser adecuados a las necesidades presentes de instancias gubernamentales, entidades comerciales, espacios recreacionales y residencias, y así preservar el Centro Histórico Zacatecano como un ente únicamente turístico. Tal argumento ya es de inicio problemático, porque promueve una posible degradación y abandono de este recinto colonial en lugar de su revitalizamiento, de nuevo, con un enfoque peatonal y denso que sea disfrutable y dinámico.

Se pretende proveer de “infraestructura e instalaciones que permitan las actividades propias del ejercicio gubernamental”. Sin embargo, en el afán de modernizarnos visualmente estamos olvidando diálogos actuales e importantes en temas de urbanismo, desarrollo y sustentabilidad, que aunque no vislumbremos todavía los males que enfrentan ciudades más grandes, como el Distrito Federal, son esenciales para el progreso de nuestra Ciudad. Promotores de los proyectos mencionados nombran a Zacatecas como un lugar en “el que se vive en las calles que se desbordan gracias al genio de su cantera y el inagotable talento de pintores, escultores y poetas.” Frase ciertísima, pero completamente contradictoria a los mismos planteamientos. Pintores, escultores y poetas, los genios de nuestro estado, como del mundo, son precisamente los que viven de caminar en las calles, disfrutar su cultura, aprovechar su vitalidad económica y callejera. Por esto resulta imposible vislumbrar a Zacatecas como una ciudad de automóviles, fría y lejana a las necesidades del ciudadano promedio… Es un error pensar que nuestros procesos serán más agiles en los prototipos antes mencionados, les falta planeación, les falta cultura, les falta identidad, les falta realidad.

Más caro, ni el agua

Falta de inversión en infraestructura, ineficiente política y gestión pública, crisis de gobernanza, abuso del sector industrial, cultura ciudadana inadecuada, desperdicio, sobreutilización, injusticia social, desequilibrio entre disponibilidad y demanda, escasez, problemática ambiental, urbanización… Causas todas de que el abastecimiento de agua se convierta en un tema central de seguridad nacional y mundial. De nada sirve cargarle sólo al sector privado o a instancias gubernamentales o al ciudadano promedio, con toda la culpa de la crisis que enfrentamos hoy en México; aun cuando quizá se podrían cuantificar los daños y encontrar a un culpable cardinal. No obstante, los esfuerzos deben ser múltiples y diversos, así como propositivos e innovadores, para incrementar la eficiencia y sustentabilidad en el manejo de un recurso tan esencial e insustituible como el agua.

Paradójicamente, los sectores más vulnerables de nuestra sociedad son los que generalmente pagan más caro por varios bienes, servicios y recursos; el agua es por supuesto uno de ellos. El amplio sector de nuestra sociedad que vive en pobreza, se ve frecuentemente forzado a obtener el agua de vendedores informales y a precios hasta cien por ciento más altos que lo que se cobra por el servicio del agua a nivel municipal. Como puede verse, vivimos en un país inundado de pobreza, injusticia y privación, y esta realidad consiente el exacerbo de una crisis extensa en nuestra nación. Desafortunadamente, algunas de nuestras áreas rurales llegan a ser comparables con algunas de las zonas más empobrecidas del mundo, como el África negra o subsahariana, áreas donde se aprende o valora desde muy temprana edad el valor del agua limpia o potable y donde el obtenerla para sobrevivir significa un arduo esfuerzo y un privilegio muchas veces no obtenido. Obviamente, cuando este recurso vital no se consigue, toda dignidad humana se pierde y la miseria se vuelve inescapable.

Setenta y cinco millones de mexicanos sufren escasez de agua en un país colmado de recursos. Aparte de promover la pobreza y desigualdad bajo esta condición, se afecta la generación de empleos, la economía, los problemas ambientales, la salud humana, etcétera... hasta el punto que nos enfrentamos con la posibilidad de un colapso nacional en unos cuantos años. Esto en buena parte se debe a nuestro aparato gubernamental que promueve frecuentemente medidas ineficaces frente a tales problemáticas, disminuye los presupuestos de proyectos hídricos y sanitarios, permite la sobreexplotación de mantos acuíferos, muestra un bajo nivel de aprovechamiento en nuestros sistemas de agua (sin escurrimientos y evaporación en sistemas de riego, por ejemplo, el campo mexicano podría producir el doble de alimentos de lo que produce actualmente)… y la lista sigue. La realidad es que nuestro gobierno falla cuando se trata de adoptar tecnologías eficientes para el tratado del agua, o de invertir en infraestructura apta para sostener los ritmos de urbanización que han experimentado nuestras ciudades en las últimas décadas.

Falla tristemente en muchos rubros más, así como nos falta visión también a los habitantes de este país para reconocer la evidencia de que nuestros recursos acuíferos seguramente se verán afectados no sólo por nuestros patrones de consumo y descuidos (los cuales han disminuido la disponibilidad per cápita del agua a un quinto comparado con hace cincuenta años), sino también por el cambio climático. Empezamos ya a ver afectaciones cuantitativas y cualitativas en nuestro vital líquido, así como en el impacto de inundaciones, sequías y demás eventos que se muestran con más frecuencia y fortaleza en México y en el mundo. Es aquí cuando es trascendental que la población mexicana tome conciencia acerca de sus patrones de consumo y costumbres de desperdicio, no sólo en cuanto a agua se refiere, sino muchos otros recursos naturales.

Finalmente, pero no por ello menos significativo, pocos mexicanos reconocen la gravedad y el papel, como de costumbre maquiavélico, que juega la iniciativa privada en la crisis del agua en nuestro país. Por un lado es cierto que la falta de potabilización y rigor con que se provee de agua en nuestro país nos orilla a la desconfianza y a la compra de líquidos envasados. Es entonces cuando un derecho universal se convierte en uno de los negocios más lucrativos del planeta. La industria del agua embotellada paga alrededor de 0.002 pesos por litro de agua en México, ¡y a su vez nos la vende a seis pesos! Que cada quien haga las cuentas en su cabeza para calcular la ganancia (así como la contaminación generada con los trillones de botellas de PET). Tales cantidades irrisorias les son cobradas por supuesto también a colosales consorcios como la Coca-Cola, Pepsicola, cerveceras y demás industrias que con más ardor que cualquier vampiro le sorben la vida a cualquier tierra que se les ponga enfrente.

Celebramos el día internacional del agua, como hace poco el de la mujer, o el de los pueblos indígenas, la niñez, la madre tierra, el migrante, los derechos humanos, etcétera, esperemos que para analizar y remediar las grandes injusticias que se cometen alrededor de sus nombres y existencias. No es suficiente promover campañas que concienticen al público acerca del uso del agua, ni que se hable de los millones de personas sin acceso a agua potable, o nombrar los efectos de la urbanización, industrialización o cambio climático en nuestros sistemas de agua… nada será suficiente hasta que el agua potable sea un derecho del que goce toda la humanidad.

Sorteando el apocalipsis

Nos conmociona al mundo entero el sufrimiento que se está viviendo tras el terremoto de 8.9 grados en la escala de Richter en Japón. El ser una de las naciones más poderosas y mejor estructuradas del mundo en todos los sentidos no fue suficiente para evitar el daño que la fuerza enfurecida de la naturaleza ejerció el viernes 11 de marzo en el territorio del país asiático. En los días posteriores a dicho desastre natural, escuchamos a instancias como la Organización Mundial de la Salud asegurar que la crisis nuclear desencadenada después del terremoto y tsunami en Japón estaría bajo control, y sus consecuencias no presentarían ningún peligro para los habitantes de Fukushima y sus alrededores, donde se encuentran reactores nucleares que han presentado fallas. Desafortunadamente, a pesar de los intentos desesperados por enfriar con enormes cantidades de agua (ya que los sistemas de refrigeración no funcionan) dichos reactores nucleares y evitar una fuga radioactiva, justo en estos momentos, del miércoles 16 de marzo, se pronostica una nueva catástrofe que podría poner en gran peligro a millones de personas e incluso a diversos países por el colapso nuclear de Fukushima.

Los datos continúan siendo contradictorios, y altamente controlados por Tokyo Electric Power Company, dueña del centro nuclear en cuestión. Hay quien afirma que si se continúa enfriando de manera eficaz los reactores nucleares, el problema desaparecerá en los próximos cinco o diez días y que aunque los niveles de radiación se encuentran por encima de lo normal e ideal, aún no plantean un peligro para la salud de las personas, siempre y cuando esto sea por tiempo limitado. Sin embargo, por el momento se ha confirmado que el reactor número cuatro no cuenta con agua, que ha tenido que ser introducida manualmente por falta de energía eléctrica para bombearla, y que el recinto de contención del reactor número dos ya no es hermético; situaciones que ponen en considerable peligro a los trabajadores que de manera heroica luchan por mejorar la situación. Por tanto, aunque la alerta inicialmente se situaba entre veinte y treinta kilómetros a la redonda de la planta, tras incendios, explosiones y el incremento de los niveles de radiación, se ha recomendado desde diversos gobiernos, como el de Estados Unidos, una evacuación de setenta y cinco u ochenta kilómetros a la redonda, debido a los sabidos y graves problemas de salud que puede provocar la radiación. Por consiguiente, casi treinta mil personas han sido evacuadas, mientras a 140 mil se les recomienda no salir de sus hogares, y una emergencia nuclear de categoría seis (siendo siete la máxima, i.e. Chernóbil) ha sido declarada, situación que podría continuar por un año o más, hasta que la fisión se detenga, tiempo en el cual miles de japoneses no podrán regresar a sus hogares.

Cabe recalcar que la Agencia Internacional de Energía Atómica, había advertido desde el 2008 que la planta nuclear en mención, junto con algunas otras en Japón, no resistirían un sismo superior a los siete grados en la escala de Richter. Fukushima Dai-ichi (número 1), fue construida y diseñada a principios de los años setenta, y ha presentado inconsistencias importantes en su seguridad, hecho que nos sorprende viniendo de un país precavido como ninguno en otros respectos, como el de la construcción. No queda más que suponer que intereses privados fueron más poderosos que cualquier otra cosa, como suele pasar en nuestro mundo neoliberal. Quizá en varias partes del mundo, particularmente Japón, que depende fuertemente de la importación de petróleo, la energía nuclear no podrá ser descontinuada en varios años. Lo que sí, es que una vez más debemos replantear nuestros patrones de consumo y esfuerzos por explorar e impulsar energías alternativas, limpias y seguras. Por lo mismo, distintos países empiezan a repensar o al menos a frenar momentáneamente algunas de sus estrategias en temas de energía nuclear, cuestionándose si para prevenir situaciones como la actual en Japón se deben de construir las plantas tierra adentro, aislarlas sísmicamente, elevarlas, etcétera.

No cabe duda que la energía nuclear es volátil y que justificablemente produce miedo en la población mundial, particularmente tras acontecimientos como este, aun cuando se argumente que gracias a ella se han reducido considerablemente los gases de efecto invernadero. En estos momentos, es imposible no estremecerse al recordar, aunque se afirmó que nunca se llegaría a tal escenario, desastres como el de Chernóbil, que este año cumple su aniversario número veinticinco de haber sido la mayor catástrofe en la historia del uso pacífico de la energía atómica. Recordamos también, y quizá más dolorosamente por rememorar lo más negro del comportamiento humano, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, responsables por la muerte instantánea de alrededor de 110 mil personas, otra cantidad similar por lesiones y radiactividad el mismo año de 1945, y cientos más en los años posteriores por canceres causados por la exposición a la radiación liberada por las bombas.

Ante la presencia de eventos que están más allá del control del ser humano, es preocupante que intereses privados magnifiquen una situación catastrófica. No cabe duda que la humanidad ha logrado grandes descubrimientos y desarrollos, y quizá la energía nuclear es uno de ellos. Sin embargo, sorprende que nuestra inteligencia y sentido común no nos lleve más allá para evitar la creación o explotación excesiva de proyectos que pueden destruirnos. Dejando al lado una crítica que en un par de días deberá ser severa en el mundo entero, no sólo a Japón, ni sólo a la industria nuclear, sino a nuestros manejos y costumbres en general, en este momento no cabe espacio más que para el optimismo y el esfuerzo global para que el pueblo nipón encuentre alivio y mejora.