martes, 18 de mayo de 2010

De la Santa Muerte…nadie se salva

El culto a la muerte existe desde hace miles de años en México y el mundo, su representación se ha hecho presente a través de la historia por medio de símbolos e imágenes, y su importancia en distintos grupos de la sociedad prevalece. Los pueblos mexicanos del pasado y el presente han sido y seguirán siendo devotos a la natural e inevitable muerte mientras ella se los permita pero las leyendas y creencias que surgieron en pueblos como el mexica, difícilmente morirán. En ellas nació la Santa Muerte, para quien las ofrendas y homenajes posiblemente nunca dejarán de llegar.

Fue uno de los templos de Tenochtitlan, de los primeros en donde se adoraron a los señores de la muerte: Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl. En ese entonces, este culto era importante entre la gente común y los sacerdotes, pero con la llegada de los españoles estas tradiciones pretendían ser erradicadas. Hasta la fecha, el culto a la Santa Muerte se considera contra hegemónico a la religión oficial y cuestionado y rechazado por ella por ser proveniente de comunidades que no se sienten representadas por la Iglesia Católica. Mientras tanto, los fieles a la Santa Muerte se acrecientan día con día, al grado que resulta posible que la Iglesia decida incluir o aceptar este culto con tal de ganar seguidores, no tanto por aceptar la cultura popular que en otros momentos y regiones se resguardó en la adoración al Santo Niño de Atocha, por dar un ejemplo entre muchos otros santos de creación popular más que oficial (cómo olvidar a Jesús Malverde, deificado principalmente por los narcotraficantes, pero amado por muchos por ser considerado el Robin Hood mexicano que le quitaba a los ricos para compartir con los pobres).

Los mexicanos somos un pueblo reconocidamente fervoroso, y los grupos delictivos no son la excepción. Igual que a Malverde, la adoración a la Santa Muerte, como es de esperarse, es común entre los grupos del crimen organizado, ya que éstas son personas que viven en constante riesgo de muerte y entonces recurren a la también llamada Niña Blanca en esperanza de que los proteja de las balas firmadas con su nombre. Pero hoy en día, los delincuentes no son los únicos en invariable peligro. La Santa Muerte también es hondamente venerada por los paisanos que intentan cruzar la frontera con la esperanza de salir con vida de tal recorrido. Y con la creciente ola de inseguridad, resulta fácil entender, que una buena parte de la población mexicana se una a ésta plegaria. Por tanto, los creyentes y adoradores de la Santa Muerte han crecido exponencialmente en los últimos años (de 500 mil en el 2004 a 5 millones en el 2009) y la gran mayoría de ellos pertenece a las clases marginadas de nuestro país. El culto a la Santa Muerte ha sido uno que se ha caracterizado por su inclusión y no por el enjuiciamiento de sus fieles. Éste grupo religioso, que afirma creer en Jesucristo y sus enseñanzas, en temas de actualidad difiere ampliamente con la Iglesia Católica; sus sacerdotes no practican forzosamente el celibato, promueven el uso de anticonceptivos, aceptan el aborto en caso de violación y la homosexualidad. He ahí la posible explicación de su crecimiento acelerado.

La represión vivida por considerarse un culto satánico, la destrucción de muchos de sus altares e incluso la prohibición de su práctica en algunas localidades, no ha sido suficiente para amedrentar esta práctica religiosa. Los templos se han hecho presentes en diversos puntos del territorio nacional y Estados Unidos (particularmente en Los Ángeles y Chicago). Como podría esperarse, el llamado templo mundial de la Santa Muerte se encuentra en el Distrito Federal (donde se encuentran altares a la Santa Muerte casi en cada esquina de algunas colonias como Centro Histórico o la Merced), en la delegación Venustiano Carranza, entre la colonia Morelos y Tepito. Sin embargo, la presencia de La Doña, como también suele llamársele, existe en muchos otros estados como Guerrero y Veracruz y predominantemente en los estados del norte como Tamaulipas, Nuevo León y Chihuahua, donde la muerte acecha por varios y diversos motivos. Incluso en Sombrerete, Zacatecas, en el mes de julio, se le celebra a La Santa Muerte, quien a nivel nacional, sólo la Guadalupana le gana en popularidad.

El día de hoy, a la muerte muchos mexicanos la ven como a una santa y en sus altares le hacen ofrendas como puros, alimentos y veladoras. Se le viste de distintos colores dependiendo de la petición del creyente y se le carga con símbolos como la hoz, la balanza, el mundo y el reloj de arena que de distintos modos representan justicia y equidad, ya que sin importar fronteras o distinciones, todos caen bajo la guadaña de la muerte. Como en el siglo XIX, con la epidemia de viruela y la llamada muerte negra, la popularidad de La Flaca ha ido en ascenso en los últimos años, y la muerte de miles de mexicanos gracias a la inseguridad que vivimos puede ser la razón y respuesta. O puede simplemente ser la superstición de la gente y su necesidad de tener fe en algo. Independientemente, lo cierto es que a la oscuridad y a la muerte se le puede rechazar, temer o adorar, pero indiscutible y particularmente en nuestros tiempos, no puede dejársele de reconocer como inevitable.

viernes, 14 de mayo de 2010

Abajo y a la Izquierda, Panteón Rococó

el barrio donde vivo es un barrio muy vivo
es por eso que la letra de esta rola yo escribo
calles que nunca tienen silencio
selva de asfalto que no tiene descanso
se sobrevive con el corazón
si se esta triste seguro se silva una canción
pero de una cosa puedes tener certeza
si te apendejas te vuelan la cabeza

al barrio donde vivo siempre lo discriminan
pues la balanza de un sólo lado se inclina
casi no tiene acceso a educación
sin embargo tiene acceso a mucha televisión
al barrio donde vivo lo ilumina cada esquina
la sonrisa de los viejos y el meneo de mis vecinas
gente que nunca ha vivido en la opulencia
sin embargo le viene la pobreza

siempre hay pretexto para celebrar
siempre hay pretexto para reventar
siempre hay pretexto para organizar
unas cervezas o la ida a algún un bar
todos abajo, abajo y ala izquierda
que los políticos se vayan a la mierda
todos abajo, abajo y a la izquierda
todos queremos salirnos de esta mierda

oye si oh si señor el barrio donde vivo me enseño a sobrevivir
oye si oh si señor el barrio donde vivo me enseño a resistir
oye si oh si señor el barrio donde vivo se llama México

siempre hay pretexto para celebrar
siempre hay pretexto para reventar
siempre hay pretexto para organizar
unas cervezas o la ida a algún un bar
todos abajo, abajo y a la izquierda
que los políticos se vayan a la mierda
todos abajo, abajo y ala izquierda
todos queremos y amamos a esta mierda de ciudad…

lunes, 10 de mayo de 2010

Moneda, caos y belleza

En la calle, llamada Moneda, célebre como pocas y ubicada en el centro histórico de la Ciudad de México, se fundaron la primera universidad, imprenta, museo y academia de artes de América, sin olvidar, claro, quien le dio su nombre: la primera Casa de Moneda (ahora un museo dedicado a las culturas del mundo). Por tanto, éste ha sido desde hace mucho tiempo, un punto de abundante cultura. Esta pequeña calle (sólo en cuestión de distancia) podría ser la envidia de todas las demás; flanquea al Palacio Nacional, parte del Zócalo y nos lleva a la gran Academia de San Carlos, sólo por nombrar unas cuantas de sus muchas cualidades. En ella se construyó la sede del Arzobispado, el ex-convento de Santa-Inés (ahora Museo José Luís Cuevas), la torre y fachada de la Santísima Trinidad y el monumento que alberga a la Academia de San Carlos, entre otros edificios significativos de la ciudad que asombrosamente se apretujan en cuatro pequeñas cuadras. Por esto y mucho más, la calle no termina donde lo dicta el mapa, sino que abre paso anunciando muchas cosas más.

Este ex-barrio universitario, donde se encontraban los antiguos colegios, contrasta en ciertos aspectos con la realidad actual. Continua siendo hogar de centros culturales y educativos, sin embargo, también ha sido inundada por numerosos comercios. Hay que reconocerlo, desde antaño ha tenido ciertas cualidades mercantiles, pero hoy, sobre todo pasando el mediodía, esta calle se ahoga en gritos de compraventa. Y no es para menos, por algo su dirección nos guía y conduce inevitablemente al barrio de la Merced y a su famoso mercado al sureste del Zócalo capitalino. Para hablar de éste, tendríamos que abrir un nuevo y extenso capítulo rememorando su historia y popularidad que ahora lo ubican como el mercado más grande de Latinoamérica.

Sin embargo, nuestro interés en este momento es La Moneda, calle que rompe todas las reglas; esa que parece peatonal por que todos pasean por en medio de ella y debajo de sus banquetas pero que prueba no serlo al recibir también a taxistas maniáticos, autobuses de turistas que mágicamente dan vuelta en Correo Mayor y automovilistas frustrados por no tener un libre tránsito frente a ellos. Esta vía también alberga a tantos ambulantes como puede, pese a los intentos en años anteriores para eliminarlos, y junto con los también numerosos comercios fijos, demuestran su gran aptitud de mercaderes que lo hace sentir a uno ya sea increíblemente engentado o en día de feria, depende del ánimo personal. La realidad de esta calle es caótica y característicamente mexicana, eso no se puede negar, a menos que sean pasadas las ocho de la noche y en un día oscuro de invierno uno pase por ella más bien sintiéndose inseguro o perplejo de su paz y belleza arquitectónica.

Como sería de esperarse, gracias a su importancia histórica, esta calle también se encuentra en un estado de renovación constante (aun cuando no necesariamente suficiente) con el propósito de que sus edificios continúen siendo un patrimonio de la humanidad por su belleza y elegancia característica. Sin embargo, y pese a su enorme relevancia arquitectónica, que nos habla de mucho del pasado de esta gran ciudad, en el presente, es importante mirar a la calle de Moneda más bien desde un punto de vista urbanístico.

Como se había mencionado, la calla de Monedad recibió a los primeros y más importantes centros educativos de América Latina: la antes Real y Pontificia Universidad de México, hoy nuestra máxima Casa de Estudios y alma intelectual del país, el más grande orgullo de México y la mejor universidad de Iberoamérica. Es difícil no exaltarse al mencionar a dicha institución, al igual que la que hoy también forma parte de ella, y que en sus comienzos se dedicó a formar arquitectos, pintores y escultores: la Academia de San Carlos. Es importante localizar a la UNAM, habiendo nacido en este sitio, como el centro de una reflexión urbana por su naturaleza intelectual y orientada a estudiar y resolver fenómenos sociales hoy en día, sin olvidar que su comienzo significó el desplazamiento de las clases marginadas que habitaban La Moneda.

Con los antecedentes coloniales, importantemente presentes en esta vía pública, y aun con la presencia actual de centros culturales, esta calle es retomada, habitada y usada en la actualidad, principalmente por gente humilde, como era antes del siglo XVIII. Para muchos peatones o turistas puede ser incomodo el hecho de pasar por las banquetas de la calle y ser bombardeado por gritos de venta, por lo que posiblemente se explica la invasión de la calle ligeramente alejada de los vendedores. Es verdad también que la estética preestablecida como norma para muchos es alterada por los numerosos puestos ambulantes de la zona, que también han intentado ser desplazados en varias ocasiones sin mucho éxito.

No obstante, el caos en un país como el nuestro, es un resultado no sorprendente ante nuestra realidad y circunstancia social. La solución más sencilla para su eliminación temporal podría ser la de instaurar medidas tiránicas que intentaran sanitizar nuestro espacio urbano como se ha hecho en países como Colombia bajo la ilusión de asemejarse a ciudades cosmopolitas del primer mundo, en donde todo es (en teoría y apariencia) ordenado. Sin embargo, esto sería sólo brevemente tolerado por un pueblo tan enérgico como el mexicano. La verdadera respuesta se encontrará únicamente en la reestructuración profunda del tejido social, las condiciones económicas y realidades políticas de nuestro país. Mientras tanto, no podemos pretender desaparecer o esconder el caos que nos rige y representa, y que aceptémoslo, también tiene su única e inigualable belleza.

sábado, 1 de mayo de 2010

Coliseo siglo XXI

Bienvenidos al coliseo y circo romano del siglo veintiuno, aquí se ofrece el más espectacular entretenimiento salvaje desde 1933. Nuestro fundador combatió contra el mismísimo Pancho Villa y aquí han luchado gladiadores como Black Shadow, Blue Demon, El Perro Aguayo y el grandioso Santo. Este es el deporte nacional mexicano, el que abarrota arenas enteras y entretiene al pueblo. Nuestros enmascarados son ídolos de talla internacional que han hecho de la Lucha Libre Mexicana un fenómeno mundial. Nos hemos presentado en Estados Unidos, Centroamérica, Japón y Corea, entre otros, y vamos por más.

En el ring se crean héroes con un destino anticipado, afuera de él, los aficionados del pancracio se vuelven coleccionistas y difusores. Ellos observan a sus ídolos confiando en que derrotarán al enemigo y defenderán su anonimato. La gran mayoría del público esta siempre al lado de la justicia, del bien… ¡de los técnicos! Los rudos, por más fuertes y sobresalientes, esos que hacen trampa, no respetan las reglas y se alimentan de chiflidos y mentadas de madre, deben ser eliminados en nombre del valor y la bravura (cómo olvidar al Santo, el villano que se convirtió en héroe y, como en sus películas, siempre luchó en contra del mal). Por lo mismo, a las luchas y a apoyar a los bienhechores, van todos, turistas, abuelitos, hombres, mujeres, jóvenes, niños y hasta recién nacidos, todos en familia.

Por el tiempo que dure el espectáculo, se vale todo, los niños pueden pronunciar cualquier número de peladezes imaginables, bueno a veces más bien inimaginables. Pero no son los únicos, obviamente siguen a sus enérgicos padres y al par de señoras medio calientes por ver a sus ídolos en calzoncillos. A los rudos se les canta la famosa porra de chiquitibum…pero con el inadvertido final de ¡Chingas a tu madre!!!! Durante este tiempo se celebra y se reconoce la artesanía de nuestras máscaras y uniformes. El deporte también se festeja con la admiración de los espectadores al ver una quebradora, un raquetazo, una patada voladora, unas tijeras, una plancha cruzada, una llave o contrallave bien aplicada…como en los viejos tiempos, como disfruta y se entretiene la afición cuando ve a verdaderos atletas…un verdadero espectáculo aéreo.

Las grandes batallas, muchos opinan, se liquidan en duelo directo, sin embargo, muchos otros disfrutan las riñas en parejas o tríos, donde el alboroto es extremo y cuesta trabajo seguir varias luchas a la vez, sin embargo, cualquier género desata pasión e ilusión en los aficionados. Tal es el caso también de las luchadoras, que como en la vida real, con gran ardor y valor, han ganado la aceptación de esta institución, históricamente machista.

Algunos dicen que las luchas están arregladas o que son una farsa, que los duelos se han convertido en un saltar chapulinesco sin técnica o sentido, más que el de apantallar a la gente. Pero a muchos no les importa, la mayoría de los que acuden a las arenas disfrutan el espectáculo y lo consideran de primera categoría. Los vuelos, saltos y piruetas atraen a la gente que aplaude la batalla y sale contenta. La realidad es que los luchadores no son sólo actores o atletas, sino una fusión extraordinaria de ambas profesiones. Por lo mismo se han convertido en emblemas que se portan en pulseras, dijes, playeras, gorras y demás.

Porque las luchas se han convertido en una moda, muchos llegan guiados por la novedad y pasada la emoción no vuelven. Pero los verdaderos aficionados viven una emoción extrema en cada encuentro, ya sea visto en vivo o en la tele…bueno no hay nada como las luchas en vivo, al filo de la butaca, y en primera fila. Éstas se disfrutan tanto hoy como ayer, la tradición sigue, los hijos del Dr. Wagner y La Parka reactivan su legado, y más allá del entretenimiento, las dinastías no mueren y solidifican esta tradición a través del tiempo, aun cuando algunos digan que ya es hora de renovar el deporte y llaman a ésta la “era del cambio” en donde figuras técnicas como El Místico muestran su lado rufián.

Del modo que sea, las luchas continúan, por ya casi un siglo en México, causando sensación y formando una importante parte de la cultura popular mexicana. Fomentan ciertas costumbres cuestionables como es la bravuconería, el amarillismo y la grosería. Sin embargo, no puede dejar de reconocerse como el pasatiempo favorito del grueso de la población mexicana.

martes, 27 de abril de 2010

Muerte anunciada

A casi dos décadas de la muerte de Pablo Escobar Gaviria, en su tiempo el narcotráfico más famoso y poderoso del mundo, Colombia sigue siendo el principal productor de cocaína del mundo y el narcotráfico continúa teniendo una enorme fuerza en este país. Con esta reflexión termina el documental Pecados de mi padre, basado principalmente en la narración y experiencia del hijo del capo, Juan Pablo, ahora conocido como Sebastián Marroquín. Éste narra su inicial infancia en medio de lujos extremos; su posterior adolescencia interrumpida por huidas y la muerte de su padre; y finalmente su vida adulta en exilio y anonimato, todo por portar el ADN de el traficante de cocaína más célebre de la historia.

Pecados de mi padre narra el dolor y sufrimiento de algunas de las muchísimas personas, incluida su familia, afectadas por los actos del famoso capo. Junto con las terribles hazañas de este personaje, también se narran y reconocen el par de bondades que contribuyeron en convertir a este personaje en un enigma y una leyenda. Más allá de su familia, muchos lloraron su muerte, aquellos que lo llamaban el Robin Hood colombiano o el Patrón, sin importarles su reconocida mala fama ganada con la imposición de sus leyes como aquella de “plata o plomo”. El cariño y admiración de este personaje proviene principalmente de las clases marginadas de Colombia, ya que desde joven, aunque parezca difícil de creer, Escobar tenía cierta sensibilidad social que lo llevó, ya acumulada su fortuna, a construir escuelas, hospitales, centros deportivos y recreativos e inclusive desarrollar un proyecto urbano de vivienda para un grupo de colombianos que vivían en un basurero municipal. ¿Lo hacía para ganarse el apoyo del pueblo?, ¿para obtener lealtad y seguridad en sus negocios?, ¿por altruismo? Talvez sus grandes héroes: Pancho Villa, el Che Guevara y Al Capone, nos podrían ayudar a adivinar sus motivos.

En los años 80s, el poder y la fortuna que había logrado amasar Escobar era inmensurable. Habiendo empezado desde joven su carrera de ladronzuelo, encontró una mina de oro con el negocio de la cocaína que se había convertido en una moda universal. En ese entonces era por todos visto como un empresario respetado, entraba y salía sin problemas de Estados Unidos, hospedándose en los más lujosos hoteles de Miami y haciendo sus negocios sin traba alguna. Parodiaba su riqueza ante los ojos de todos y fue entonces cuando teniéndolo todo le surgió una ambición más: la política. Se sabía más poderoso que el Estado colombiano pero quizá necesitaba solidificar ese poder. Pero al ser desenmascarado y expulsado de la política, la guerra comenzó. La venganza fue implacable. Sin embargo, después de asesinar a dos grandes oponentes y líderes políticos, bombardear un avión con un vuelo comercial, un edificio público y el domicilio de un periódico, matando así a muchísimos civiles, finalmente cedió encarcelarse, pero bajo sus propias condiciones en una prisión diseñada por él: La Catedral, con guardias de seguridad elegidos por él y un poco más de las comodidades necesarias.

Desde La Catedral, como él la llamaba, continuaron sus negocios ilícitos pero el límite fue cruzado cuando asesinó a dos socios dentro de la cárcel, haciendo quedar a las autoridades colombianas en total y completo ridículo. En este punto se planteó la posibilidad de transferirlo a una prisión real y empezaron las charlas acerca de legalizar la extradición. Como era de esperarse a tal anuncio, Escobar escapó inmediatamente, convirtiéndose en el delincuente más buscado y al cual el gobierno de Colombia había ya declarado oficialmente la guerra. Escobar pagó fortunas con tal de impedir que pasara la ley de extradición, y lo logró, de igual manera respondió sin misericordia alguna a cada ataque recibido.

Es aquí donde el paralelismo entre México y Colombia se vislumbra más claramente. Si bien, dicha comparación se ha hecho por más de diez años, dada la fuerza creciente en el sector económico, social y armamentista del narcotráfico y por la corrupción política y policial, es con el gobierno de Felipe Calderón que se aplicó, como en aquel entonces en Colombia, una guerra indiscriminada, desesperada y basada en la violación de los derechos humanos no sólo de delincuentes sino de la sociedad civil en general. Y aunque capos de la talla de Escobar hayan sido eliminados, el narcotráfico continua entero y a salvo.

Así mismo, comenzamos a experimentar (afortunadamente en menor escala por el momento) con iniciativas como el Plan Mérida, la injerencia estadounidense como hace diez años con el Plan Colombia, experimentó este país, aun cuando fue Estados Unidos quien comenzó desde el gobierno de Roosevelt la siembra de opio en Sinaloa, siguiéndole la marihuana y convirtiendo a este estado en la central de paso de la cocaína que llegaba desde Colombia con destino al norte de la frontera del Río Bravo, donde se encuentra el mercado de estupefacientes más grande del mundo, así como el armamento para mantenerlo vivo.

El documental Pecados de mi padre, se presenta, desafortunadamente sólo en Guadalajara y el Distrito Federal, en un momento muy oportuno para el análisis de los mexicanos. Como se entona en la canción popular de Los Tigres del Norte, la muerte del zar de la cocaína y líder del Cartel de Medellín, fue anunciada y predecible desde el momento en que tocó la cima, dicho es el destino de cualquiera de estos personajes, más que el logro del gobierno o el rival que los captura. Tal es el destino final de muchos mexicanos actualmente convertidos en sicarios en gran parte por no encontrar una mejor alternativa. Por tanto, es vital repensar los problemas estructurales de este país, por que sin vivienda, sin alimento, sin educación y sin futuro no puede sorprendernos el camino que muchos jóvenes están tomando, y con ello, la muerte anunciada de nuestro país.

lunes, 19 de abril de 2010

Los barrios bravos

“Ahora que lo miro desde aquí, somos los mismos que hemos sido siempre, nacemos, morimos y volvemos a nacer, nos vamos para repetirnos en los que se quedan, y somos los mismos…Siempre.” Mario López, tepiteño

Recuerdo cuando se establecieron los mercados en esta zona de Tepito y la Lagunilla como por mil novecientos…a principios. Eran parecidos a los de hoy, sobre todo si los veías por encimita desde alguna azotea, puros techos de madera y de lámina amontonados y cubriendo puestos de verduras, carnes, nieves, semillas...bueno ahora son lonas amontonadas pero cubren lo mismo. Me acuerdo que nosotros como chavales éramos los únicos que pasábamos por los recovecos, entre los puestos y las piernas de la gente, porque era un gentío; no se podía pasar por ningún lado.

Mi abuelo me contaba que La Lagunilla estaba sobre una pequeña laguna que existió antes de que llegaran los españoles, y que por eso se llamaba así y que junto con Tepito, barrios indios los dos, fueron convertidos en los primeros arrabales de la ciudad. Algún maestro también me contó que Tepito significaba en náhuatl “el ombligo del mundo”, otro decía que “pequeño templo o capilla”. Quién sabe cual sea cierta, yo me quedo con la de “el ombligo del mundo” pero se cuentan muchas historias de estos rumbos, entonces, vaya uste a saber. También he escuchado decir que México es el Tepito del mundo, y yo creo que si es cierto por que ser tepiteño para mí significa ser bien mexicano.

Creo que este barrio es fuerte, es bravo, es resistente. Resistente a la miseria desde que vinieron los españoles y desde entonces estamos en medio de una ciudad de palacios. Nos destacamos porque somos producto de la crisis; aquí la gente la hace de todo: cocinero, comerciante, taxista…hasta licenciado. Estos barrios son roperos de los pobres y ¡criaderos de campeones! De aquí han salido muchos grandes, todo el mundo lo sabe. Nos enorgullecemos de nuestros boxeadores, luchadores como todos los que vivimos aquí. Cómo olvidar al Ratón Macias, al Temo y a el Santo, excelentes deportistas.

A claro que aquí somos gandayas también, así nos criamos. Pero pues así son las cosas. Si nosotros nos vamos a las zonas ricachonas de la ciudad en pleno día, nomas a pasear, pos nos ven feo, como para abajo y hasta nos corren. Y pues si esa gente viene aquí y se apendeja pues si le pueden dar bajín o de menos lanzar algún albur o peladez. Pero pues tampoco es para tanto, no es que nos guste tener mala fama porque si no pues se nos va la clientela y la chamba…pos nomas hay que tener cuidado y no llamar mucho la atención.

¿Droga? ¿Alcohol adulterado? ¿Que si se vende aquí? Aquí se vende de todo lo que el cliente quiera o necesite, pues si para eso estamos. Por eso la piratería, pues claro que es un delito pero pues muchos de los que compran aquí no tienen pa’ comprarse una película más que de diez pesos o unos pantalones de cien y una camiseta de treinta. Aquí se vende a ese precio para el mexicano promedio. Y si no pagamos impuestos es porque no sentimos que el gobierno nos de mucho a cambio, nosotros nos rascamos con nuestras propias uñas y no le respondemos a nadie. La verdad es que hemos establecido tradiciones y comercios muy bonitos, como el mercado de muebles y el de antigüedades de la Lagunilla. Por ahí se pasean hasta políticos y artistas.

Y pues sí, también hay gente peligrosa por aquí y con negocios malos, todos sabemos quiénes son, cómo se llaman y hasta donde viven; las autoridades también los conocen y a veces hasta los protegen. Es gente poderosa; Tepito es un barrio poderoso porque se mantiene unido, no nos conviene separarnos, con decirle que hasta tenemos negocios directos con China, logramos lo que ni el gobierno ni los empresarios formales pueden. Si usted va al metro va a ver puro Chinito vendiendo pero también nosotros tenemos de nuestra gente vendiendo allá al otro lado del mundo, ¿apoco a usted no le da orgullo?

Y pues a quien no le enorgullezca pues ni modo, de cualquier manera así es. Somos un producto de México, somos parte de México, somos México, le guste a quien le guste. Y no nos vamos a ir a ningún lado, aunque a muchos les gustaría desaparecernos, no nos vamos. A ver, nomas que intenten pa’ ver de a cómo nos toca.

Talvez hubo un tiempo en el que todos hubiéramos querido salir del barrio a estudiar, a “superarnos”…pero esta cabrón. Aquí estamos muy bien, somos comerciantes, y de los mejores, ya encontramos como vivir bien sin ayuda de nadie, para qué buscarle por otro lado. ¿Cuál es nuestra opción? Irnos a morir a la frontera o ganar tres pesos limpiando baños ajenos, ¡no señor!, yo aquí me quedo, por eso aquí me quedé toda la vida. Le puedo asegurar que ni graduados nos va tan bien, cuanto profesionista desempleado.

Puede ser que si hubiera tenido hijos pensaría diferente, pero de ningún modo dejaría de tenerle lealtad a este lugar. Aquí están mis amigos, esta es mi identidad. Talvez con una hija le hubiera pensado dos veces, si que este no es lugar para una damita. Pero de todos modos la traería de vez en cuando, como a la fiesta de la Santa Muerte en Noviembre y nuestra fiesta patronal del barrio en Diciembre. Le contaría del León disecado en la Lagunilla que si uno le tocaba la melena este le daba fuerza a uno para lo que fuera, hasta que tuvieron que raparlo por que la gente le arrancaba disimuladamente el cabello…Uno no puede darle la espalda a este lugar, ni por todo el dinero del mundo, por que por estos rumbos se vende todo, menos la dignidad.

lunes, 5 de abril de 2010

Kilómetro 107

Aproximadamente en el kilómetro 107 de la carretera México-Querétaro con dirección a la capital alrededor de las diez y media de la noche y con tres carriles a su disposición, cientos de mexicanos se vieron repentinamente atascados en su trayecto hacia cualquiera que fuera su destino. Probablemente, la mayoría comenzaron a lamentarse por ser la clase de mexicanos que lo dejan todo para el final; aquellos que salen a la última hora posible de su lugar vacacional para regresar a su hogar y con ello a su rutina y a su automatismo habitual. Y es cierto, como cualquier domingo dictador de algún fin vacacional, las carreteras estaban más llenas que de costumbre (lo que hacía que los federales de caminos se dejaran ver en cada esquina como buitres rapaces esperando cazar muchas presas que les dejaran un buen dinerito extra; no precisamente estaban presentes para el cuidado y auxilio de los automovilistas). Sin embargo, el abultado número de chóferes procrastinadores que buscaban entrar todos juntos y al mismo tiempo a la Ciudad de México y zona conurbada no fueron, aunque cueste trabajo creerlo, los más irresponsables personajes de esta historia.

Son muchos los estereotipos, estigmas o generalizaciones, con distintos niveles de veracidad, y con sus gracias a Dios muy honrosas excepciones, los que se tienen acerca de los mexicanos tanto fuera como dentro de nuestro país. Que si somos gandayas ¿o será habilidosos?, que si somos envidiosos ¿o será suspicaces?, que si somos irresponsables ¿o será bohemios?, etc. Muchas de estas particularidades de la personalidad mexicana se vieron vivamente reflejadas en este atolladero ocurrido en el último día de nuestra semana santa. Si algún Ángel Verde, ambulancia o patrulla, por ejemplo, se encaminaba con velocidad envidiable a la del promedio que era de cinco kilómetros por hora, por los acotamientos de la carretera, entonces siempre había un primer avispado y varios borregos que seguían a estos servidores públicos. Este hecho en condiciones normales podría parecer irrespetuoso de la ley y por tanto inaceptable, sin embargo, para cualquier persona que vislumbraba recorrer veinte kilómetros en tres horas en lugar de diez minutos, este acto se mostraba como increíblemente astuto.

No obstante, se presentaron en el acto también personajes extraordinariamente recelosos. Los camioneros, por dar un ejemplo, que muchos dicen tienen su lugar reservado en el infierno (con perdón de las siempre honrosas excepciones), al ver a pequeños coches avanzando a cincuenta en lugar de diez kilómetros por hora, y darse cuenta que ellos no podían, por su tamaño, hacer lo mismo, decidieron cerrar el paso por el acotamiento y ocupar carril y medio como diciendo “si no paso yo, no pasa nadie”, sin vislumbrar que la creación improvisada de un cuarto carril podría agilizar el tránsito también para ellos. Pero quién puede ponerse al tú por tú con un imponente doble-remolque que empuja a quien maneja un volkswagen a salirse de la carretera.

Casi dos horas y quince kilómetros después, los resignados automovilistas y sus familiares o amistades se habían acostumbrado a que su velocidad máxima fuera de veinte kilómetros por hora con múltiples intermitencias que los frenaban a estar prácticamente estacionados. Las caras de frustración eran evidentes en la gran mayoría de los casos, varios coches atiborrados con más de su capacidad de personas y equipaje no encerraban ni media palabra de convivencia. Varados todos, tenían la oportunidad de cambiarse de lugar en el auto, hablar larga y tendidamente por teléfono, ponerse en casos muy particulares a ver una película en su equipado vehículo, o tratar de animarse bailando o cantando efusivamente al ritmo de sus canciones favoritas (aun cuando todos los CDs del mundo no serían suficientes para la larga espera). Algunos de estos aficionados de la música llegaron a ser tan efusivos mientras cantaban canciones rancheras que pudo presentirse estaban equipados con un par de cervezas. Claro que estos casos eran una minoría muy optimista y alegre, sentimientos que se verían remplazados por un enojo inmenso al ver qué fue lo que los mantuvo parados por tanto tiempo.

Para los que creyeron que las cosas no podían empeorar, la decepción sería terriblemente amarga; los señalamientos anunciaban que habría una reducción a dos carriles en los próximos kilómetros. A las maravillosas autoridades de tránsito se les ocurrió que el último día de vacaciones para la gran mayoría de los mexicanos sería un momento ideal para reparar ese fragmento de la carretera (o al menos cerrarlo) y causar un cuello de botella que se convertiría en una espantosa pesadilla para muchos. ¿A alguien puede ocurrírsele mayor estupidez?

Llegó el kilómetro ochentaytantos y el flujo carretero empezó a normalizarse. Seguía habiendo mucha gente, y al estilo chilango los chóferes desesperados cambiaban de carril cada tres segundos para intentar recuperar el tiempo perdido. Tanto rebasar no podía ser seguro, pero ahora sí que se atreviera algún policía a parar a un automovilista enfurecido a ver con que discurso encolerizado lo mandaba al diablo. Ya muy entrada la madrugada esperemos la mayoría haya llegado con bien a su destino.

Al final de cuentas es verdad que somos muchos y cada vez más difícil sostenernos en un mismo lugar como es el Distrito Federal y zonas aledañas. Es verdad también que muchas veces los mexicanos actuamos de una manera irresponsable y egoísta que como ciudadanos tendríamos que repensar si queremos un mejor funcionamiento de nuestro entorno. Sin embargo, es la intransigencia e ineptitud de nuestras autoridades la que tristemente no deja de asombrarnos cuando a través de muchísimos años no ha intentado siquiera reformarse y superarse en lo más elemental.